1/7/18

Tan decadente es la situación de la izquierda que se ha movilizado en el presente proceso electoral, alrededor de la coalición Juntos Haremos Historia, que el conglomerado de intereses gravitando en torno suyo no únicamente sigue calificando de izquierda (o por lo menos de antiderecha) a ese reformismo sobre el cual se encuentra montada; mismo que, para asegurar su vigencia y su viabilidad electoral por tercera ocasión, tuvo que negociar con los núcleos más duros (sin llegar a ser sectarios) de la derecha conservadora a la que en las dos rondas comiciales anteriores se opuso con grandilocuente firmeza. Sino que, además, se conforma con aceptar que si bien una victoria suya no es el cambio profundo que necesita México, por lo menos sí es el primer paso en esa dirección.
Para este movimiento que se asume a sí mismo representante de la izquierda histórica en México —al menos en alguna de sus partes—, todo se está jugando, desde ya, en las votaciones de este primero de julio, y en ese sentido, su propia derrota ya está declarada, pues además de hablar el mismo lenguaje de esa derecha progresista, de cuño poserrevolucionario, que el priísmo del siglo XX supo llevar hasta sus más altos grados de refinamiento en términos clientelares y corporativistas; apela a sus mismas prácticas y los mismos saltos de fe que aquella exigía para mantener viva, en el imaginario colectivo nacional, la imagen de ser un proyecto de izquierda, progresista, friendly con el vulgo, el indio y el populacho.
La debilidad de la izquierda de hoy (la electoral, por supuesto) está en que además de negarse a reconocer la naturaleza, el carácter, de su propio reformismo, se empeña en definir sus supuestos rasgos de izquierda a partir de su contraste con las experiencias más atroces del neoliberalismo mexicano: apuntando los extremos a los que llega el abuso de poder político, evidenciando las brechas materiales entre los sectores más pauperizados y aquellos que más acumulan capital, subrayando la necesidad de reducir las desigualdades y los excesos de la política y el capitalismo en México. Sin embargo, apela a tal proceder ocultando que es a partir de su contraste con las reivindicaciones de la propia izquierda (la que hoy no se encuentra en campaña electoral) en donde debe fundar la articulación de su apuesta programática para el siguiente sexenio.
Es revelador del conservadurismo vigente en aquella apuesta de izquierda que ni en los mítines de las precamapañas, las intercapañas, las campañas y el cierre de las mismas se hicieron presentes las exigencias, las reivindicaciones históricas de los sectores indígenas (que incluso llegaron a desafiar a la izquierda electoral con una campaña propia, articulada a partir del Concejo Indígena de Gobierno), de los gremios no cooptados por el corporativismo oficial o de las minorías raciales, sexuales, estudiantiles, obreras, etcétera.
Las consignas típicas de las marchas y manifestaciones realizadas por la población, en contra de la represión gubernamental, de la violencia de Estado y del empobrecimiento de libre mercado, brillaron por su ausencia en todo el tiempo que duró el proceso; muchas veces sustituidas por consignas más vagas y menos simbólicas, como aquellas en favor del combate a la corrupción, las que buscan reconocer que sólo el pueblo es capaz de salvarse a sí mismo, o las que son tributarias de la confrontación directa con los intereses representados por el actual presidente, Enrique Peña Nieto, y su grupo político anquilosado en el andamiaje estatal.
Los vítores reclamando que el pueblo, unido, jamás será vencido; los que preguntan por qué nos asesinan, si somos la esperanza de américa latina, o los que anuncian que de Norte a Sur y de Este a Oeste, la lucha sigue, cueste lo que cueste; entre otros, no contaminaron a la campaña de la coalición; y quienes históricamente los han coreado cada que hace falta sacudir las conciencias de los mexicanos (frente a un Pacto por México y su agenda de privatizaciones, o ante la desaparición de estudiantes) ni siquiera hicieron acto de presencia ante esa opción política, que si bien a lo largo del proceso comicial siempre les extendió la mano y en ocasiones, incluso, los llegó a reconocer en algún acto proselitista, en alguna entrevista o en algún discurso, nunca se articuló alrededor suyo y de sus demandas —sabiéndolas algo más que simples consignas.
Por ello, la cuestión de fondo con la descomposición de la izquierda mexicana no pasa sólo por el hecho de que ésta, hoy, hace anacrónico al priísmo del siglo XX —y a toda la lógica socialdemócrata bajo la cual operó durante sus primeros tres cuartos de siglo de vida institucional—, sustituyéndolo con una apuesta reformista en apariencia mucho más ambiciosa; sino que, antes bien, atraviesa, de igual manera, a las bases sociales que hoy le sirven de sustento popular (y electoral, claro).
Y es que si bien es cierto que, por un lado, la estrategia de no articular a la campaña de la coalición, de manera orgánica, a los sectores populares, comunitarios y campesinos que en las dos elecciones federales anteriores (2006-2012) constituyeron la movilización más firme de López Obrador y su plataforma; y por el otro, el cada vez mayor desplazamiento hacia el centro (llegando en algunos puntos a rozar los bordes de la derecha moderada) de la propuesta de gobierno de Juntos Haremos Historia, así como su insistencia en pactar el escenario de una transición con los intereses partidistas y empresariales que antaño tanto vilipendió; responden más a la preocupación de asegurar el desempeño electoral de la coalición; es igual de cierto que el hecho de que esa apuesta haya sido la más atractiva para grandes masas del electorado dice mucho del reformismo que le es propio a esas partes de la ciudadanía.
Por eso la primera derrota, de facto, declarada, de la izquierda electoral hoy vigente no tiene que ver con los comicios del primero de julio: de entrada, porque la victoria en los mismos no asegura nada respecto de la operatividad que se llegue a conseguir (o no) durante el sexenio —la consecuencia de aglutinar a tantos intereses tan divergentes en una misma plataforma es que, al hacerse gobierno, la coalición debe ser capaz, primero, de cumplir con las concertacesiones pactadas a cambio del apoyo electoral; y enseguida, de saciar a la mayor cantidad de los mismos sin llegar a dinamitar el conglomerado en cuestión. La primera derrota de esa izquierda es, por lo contrario, que las bases a las que dice y asume representar, en tanto izquierda, se encuentran más a la izquierda de la derecha que a la derecha de la izquierda.
Tal situación, por supuesto, no es nueva en América y, de hecho, al Sur del continente demostró ser capaz de ganarle terreno a intereses —militares y empresariales— tan poderosos como los estadounidenses. Los gobiernos de Inacio da Silva, en Brasil; de Cristina Fernández, en Argentina; de Rafael Correa, en Ecuador; y en menor medida, los de Hugo Chávez, en Venezuela; y de Evo Morales, en Bolivia; son el más claro ejemplo de la manera en que funciona la socialdemocracia en la región.
Sin embargo, justo porque en México ya se cuenta con esos casos como referentes históricos obligados es que no se debe olvidar que aunque en cada uno de esos países, guardando las respectivas proporciones, el reformismo negociado que se ejerció disminuyó sustancialmente las brechas entre los estratos poblacionales más desposeídos y los que concentran mayor capital (el coeficiente de Gini se colocó, entre 2006 y 2012, en 0,469 puntos para diecisiete países de la región), mejorías relativas como esa, impulsadas por avances en los ingresos laborales de los sectores poblacionales con menores ingresos, en gran medida se sustentaron y financiaron a partir de políticas de continuidad con el neoliberalismo, como es el caso del extractivismo —minero y petrolero, principalmente.
De ahí que la distribución de la riqueza en dichas sociedades se mantuviese de manera aún más desigual que la considerada sólo con base en los ingresos de las personas. Y en este sentido, también, es que no debe pasarse por alto que así como ocurrió en el grueso de los países de la región que experimentaron gobiernos reformistas, en México, la naturaleza de su apuesta socialdemócrata también pende de las clases medias que, habiendo sido vilipendiadas por el neoliberalismo más atroz durante los últimos tres sexenios, no dejan de representar a un amplio espectro de la derecha que busca, por su adhesión eventual a la izquierda, mantener o recobrar algunas de sus prerrogativas.
Y es que, al final del día, fueron esas mismas clases medias, las que encumbraron gobiernos progresistas, las mismas que al no poder ampliar sus márgenes de acción y de beneficios salieron a las calles, al final del ciclo, a respaldar, convalidar, promover y/o legitimar acciones para la liberalización de precios, políticas macroeconómicas responsables y juicios políticos por presunta corrupción. Así pues, el conservadurismo que vive la izquierda no es ya sólo una cuestión, como en algún momento lo fue en la historia dominada por el priísmo, de carencia de alternativas de izquierda o de un marcado conservadurismo de derecha por parte de las escasas apuestas de izquierda, sino que, además, ahora también es en gran medida un problema que carcome a las propias aspiraciones y reivindicaciones de los sectores sociales que, se supone, tendrían que representar a alguna porción del espectro de izquierdas.

*Esta columna fue publicada originalmente, por el autor de la misma, en la página web del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional [ Enlace ]

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