10/6/18


Recapitulemos. Hace unos días, en este mismo espacio se afirmó que, de los muchos lugares o sentidos comunes que dominan la narrativa de la prensa y los principales formadores de opinión pública en Occidente, desde analistas individuales hasta colectivos aglutinados en think tanks o círculos universitarios, uno de los más recurrentes, en torno de la tarea de ofrecer un diagnóstico correcto sobre la administración del presidente Donald J. Trump al frente de Estados Unidos, vis à vis el ascenso de China como un actor con goce de pleno potencial para disputarle la hegemonía global a aquel, es el afirmar que el actual mandatario estadounidense es una suerte de contrariedad o retroceso respeto de lo que se supone el Gobierno de Estados Unidos tendría que estar haciendo para no minar su propia posición dentro de la jerarquía interestatal vigente. 
En esta línea de ideas no es extraño encontrar diagnósticos diarios en los que se asegura que Donald Trump, con toda su retórica proteccionista y su dogmatismo fundamentalista en contra de los principios básicos del sistema de valores que sostiene el modus vivendi occidental, es la causa original de la pérdida de credibilidad, de poder y de influencia estadounidense en curso. El sentido común dominante, por lo anterior, es, pues, que la administración de Trump —y el presidente estadounidense mismo, en persona— son una anormalidad histórica dentro del flujo histórico de continuidad que había caracterizado al liderazgo de Estados Unidos en el mundo que surgió tanto de la Segunda Guerra Mundial cuanto de su reconfiguración tras el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La competencia de Estados Unidas con China por la hegemonía global, por supuesto, no es un tema que se encuentre ausente de los análisis que a diario se producen en Occidente, y en particular en Estados Unidos, para hacerle frente. Sin embargo, su núcleo analítico ha tendido a gravitar cada vez con mayor peso, fuerza y consistencia alrededor de un discurso que apela a la ejecución de políticas cargadas con mayores dosis de liberalismo ya como medio de contención, de disuasión o de enfrentamiento ante el avance chino en la arena internacional.
Estos tres factores (observar en la presidencia de Donald Trump una anormalidad en el curso natural de la política y la economía estadounidenses; tomar a éste y a su administración por errores populistas, proteccionistas y conservadores, ajenos por completo al liberalismo occidental; y apelar a la aplicación de más y más liberalismo como remedio ante cualquier actual o potencial detrimento en la posición dominante de Estados Unidos alrededor del mundo), en particular han conducido a que en la discusión pública sobre la actual dinámica internacional no se alcancen a comprender, o si quiera a observar, tres rasgos de la tensión en la que se encuentran las estructuras política y económica globales.
En primer lugar está el hecho de que no se termina de comprender que fueron justo dosis altas de liberalismo aplicadas a la economía china por más de cuarenta años, ininterrumpidamente desde mediados de la década de los setenta, lo que llevó a dicha sociedad a una posición en la que le ahora le es posible disputarle a Estados Unidos su rol en la jerarquía interestatal. La apertura del régimen chino a los flujos comerciales occidentales —con origen en la década de 1970 y consolidada en el primer decenio del siglo XXI— le supuso a Occidente, en general; y a Estados Unidos, en particular; el acceso a un enorme mercado y a una maquiladora de proporciones hasta ahora incomparables. De tal suerte que la respuesta lógica ante el reconocimiento de que es del orden neoliberal de donde se alimenta la economía china, la base sobre la cual se encuentra cimentado su poderío actual, es minar su presencia, sus inversiones, sus comprar y sus ventas de la mayor cantidad de mercados posibles; tratando de impedir una mayor acumulación y concentración de capital.
En segunda instancia, se encuentra la incapacidad de reconocer que la administración de Donald Trump, antes que ser la causa de la decadencia estadounidense, es en realidad síntoma de un largo proceso de desgaste de la posición dominante de esta economía en las dinámicas globales. En este sentido, alternativas como: esperar al cambio de administración para corregir el rumbo del liderazgo estadounidense, bombardear al presidente y a sus círculos cercanos de un cúmulo interminable de análisis continuistas, llenar a la administración pública estadounidense de servidores formados dentro del establishment histórico del Gobierno, etc., no únicamente pasan por alto, ignoran, desplazamientos, eventos, determinantes más profundas y añejas que de ninguna manera encuentran su solución en medidas tan cortoplacistas como éstas.
Y en tercer lugar, está el hecho de que ante las acciones de Donald Trump en materia de política exterior, por un lado; y de economía doméstica, por el otro; los discursos mainstream que saturan la agenda de los medios y la discusión pública con sus condenas al populismo, al conservadurismo y al proteccionismo no permiten observar que esas acciones tan deleznadas —y en apariencia todas ellas implementadas a contracorriente del sentido común liberal—, lejos de ser una afrenta directa al orden liberal occidental y a todo su sistema de valores, son reacciones hasta cierto punto naturales, propias, del liberalismo; mismas que, al apelar a la conservación y a la protección de un núcleo más o menos reducido, concentrado, de prácticas y valores hoy consideradas ajenas al ideario liberal, tienen el efecto contrario al interior del liberalismo sobre el cual actúan: lo reactivan, lo reconstruyen en las lógicas que lo sostuvieron durante el auge del poderío estadounidense en la economía global.
Entre los principales factores que explican por qué estos tres rasgos no están siendo considerados en su correcta dimensión y magnitud se encuentra la tendencia a fundamentar los análisis circulantes en escalas espaciales y temporales en extremo reducidas para el tamaño, la holgura, la profundidad y la duración de los eventos sobre los cuales se encuentran operando la decadencia estadounidense y el ascenso y la disputa hegemónica china. Ejemplo claro de ello es la proliferación de discursos, estudios y diagnósticos triunfalistas sobre el desempeño de la economía de Estados Unidos, en donde se argumenta con mucha facilidad y frecuencia que lo peor de su crisis de acumulación de capital (cuyo auge es circunscrito a los eventos de 2007-2009 en los mercados financieros internacionales) ya pasó, y ahora todo marcha viento en popa —y sin la necesidad de implementar las políticas de Trump.
Y aquí el problema es que al recurrir a tales estrategias discursivas/analíticas se excluye de la ecuación una constante que en realidad debería ser insorteable en cualquier análisis serio de la estructura internacional: y es que, desde su instauración la matriz de producción y consumo aún vigente opera en su marcha histórica a través de fenómenos cíclicos de larga duración (entre los cien y los ciento cincuenta años) dentro de los cuales se articulan, por un lado, en las fases de expansión y profundización del capital, una expansión asimismo de la población, la actividad económica general y los precios; y por el otro, en las fases de contracción del capital, una contracción igual en los mismos tres rubros. En este sentido, crisis como las de 2008 o anteriores (las de los setentas, las de los ochentas, las de los noventas, las de principios del 2000), todas ellas con sus propios ciclos se inscriben dentro de fases de expansión y contracción más amplias y duraderas en las cuales no ejercen del todo algún efecto determinante en lo individual.
Una periodización relativamente bien aceptada dentro de los análisis históricos que tienen por objeto a la economía global muestra que esos ciclos de larga duración se encuentran distribuidos de manera tal que es posible observar una fase de expansión entre los años 1250 y 1450; una fase de contracción en el periodo 1450-1650, misma que se estanca en el periodo que va de 1650 a 1750; una nueva fase de expansión entre 1750 y 1850 y, finalmente, una fase de contracción entre 1850 y 1940. Continuando con esta lógica hasta el momento presente, el periodo que va desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días es representativo de una fase de expansión en los tres ejes: poblacional, de los precios y de la actividad económica general. Y ello, con independencia de las recurrentes crisis que se han desatado a lo largo del periodo por todo el mundo.
El debate de fondo, no obstante, no se encuentra aquí, sino en las dinámicas que se ponen en marcha cuando la economía hegemónica de cada periodo (comprendido por un ciclo de expansión y uno de contracción) se encuentra en el límite de sus capacidades de acumulación y concentración de capital, y además, siendo desafiada en su posición jerárquica por su principal socio comercial en turno: España fue hegemónica en el periodo 1450-1650, su principal socio comercial, las Provincias Unidas (hoy Países Bajos), sustituyeron al imperio español en el periodo siguiente, de 1650 a 1750; las Provincias, a su vez, fueron desplazadas por su principal socio comercial en su periodo de hegemonía, de tal suerte que en los ciclos de 1750 a 1920 los ingleses dominaron la economía global. Por su parte, las colonias inglesas en América del Norte, principal mercado y fuente de materias primas para la Corona en el auge de su hegemonía, sustituyeron al Reino Unido, ya como Estados Unidos, para el periodo que hasta ahora comprende de 1940 al presente, en todo sentido una fase de expansión del capital.
De aquí se obtiene, además, que los largos periodos de guerras entre grandes potencias sean una constante en la historia justo en los momentos en los que la economía hegemónica se encuentra en descenso y sus dos competidoras más próximas se disputan su lugar en la jerarquía: las guerras de Reforma (1618-1648), en el caso de las Provincias Unidas sustituyendo a España; las guerras Napoleónicas (1789-1815), entre Francia e Inglaterra, para sustituir a las Provincias; la Primera y la Segunda Guerra Mundial (1914-1945), entre Estados Unidos y Alemania, para sustituir al Reino Unido.
Ahora bien, de entre los varios elementos que permiten a una economía nacional emerger y sostenerse como hegemónica en el mundo por algún tiempo, algunos de los principales son, sin duda, aquellos que conciernen a la capacidad de ésta para articular el sistema interestatal a sí, no en calidad del Estado/la economía nacional más fuerte, sino como el actor que es significativamente más poderoso que otros actores poderosos. En este sentido, la hegemonía estadounidense en el periodo de su auge no se definía por su relación con los Estados de las periferias globales (América, Asia y África), sino, antes bien, por su relación, primero, con la Unión Soviética, y luego (tras su desmoronamiento), con los bloques de la Unión Europea y de las economías del Sudeste asiático; siendo cada conglomerado, en su momento y a veces paralelamente, sus competidores más próximos.
Muchos son, por supuesto, los recursos que permiten al actor hegemónico sostenerse en esa condición. Sin embargo, lo fundamental de tales recursos es que éstos deben permitir al actor que se vale de ellos imponer un orden global ad-hoc a sus intereses, lo que se traduce en la capacidad de estructurar el sistema interestatal en su conjunto de forma tal que sus dinámicas (políticas, culturales, sociales, y sobre todo económicas), su funcionamiento como tal, beneficie los márgenes de acumulación y concentración de capital. Y es que el principio o el fundamento de ello no es en realidad nada complejo: una mayor acumulación y una mayor concentración de capital se traduce en una mayor potencialidad política, científica, tecnológica, financiera, comercial, militar, etcétera. En última instancia, de lo que se trata es de desplegar y asegurar un andamiaje que le permita al actor hegemónico no únicamente gozar de ventajas adicionales (no concedidas por el mercado) a las que sus contrincantes no son capaces de aspirar sin contar con los mismos dispositivos que permiten a la economía hegemónica instrumentalizarlas. Sino que, además, se trata de homologar los procesos y los comportamientos de otros actores con un entramado de reglas o normas que le es propio al actor hegemónico y que funcionan, desde su diseño, para mantener su ventaja relativa sobre sus adversarios, al tiempo que contiene, en alguna medida, las posibilidades de éstos y de sus aliados de fortalecerse.
Para el caso de Estados Unidos, el final de la Segunda Guerra Mundial es el punto de partida de la consolidación de su hegemonía. Luego de treinta años de conflictos bélicos en el seno de las grandes potencias europeas, Estados Unidos no únicamente emergía como ostentador de un potencial militar (nuclear) ostensiblemente superior al de sus más próximos rivales (la Unión Soviética), sino que, además, emergía reconfigurando el funcionamiento de la matriz productiva y consuntiva global a partir de su articulación a elementos como los derechos humanos, la descolonización formal (política) de las periferias globales gobernadas por Europa y, sobre todo, una nueva manera de acumular y concentrar capital —dotada con carta de identidad propia en el Chile de Pinochet, en 1973, como neoliberal.
Mucho de esto, por supuesto, se quedó y se sigue arrastrando sólo en el plano de la retórica y el dogmatismo ideológicos; en realidad muy pocas veces funcionan en la práctica en los términos en los que se defienden tales elementos en el discurso. Sin embargo, aún funcionando en el plano puramente ideológico, con todo su sincretismo, fungieron de base para el sostenimiento de la legitimidad que la nueva configuración internacional requería para poder mantenerla sobre su marcha histórica.
A menudo se suele leer el desmoronamiento de la Unión Soviética como el hito que marca el verdadero ascenso de Estados Unidos a la cima de la jerarquía interestatal; mientras que a la primera década del siglo XXI se la recibe como el periodo en el que la bipolaridad de la Guerra Fría, y la breve unipolaridad estadounidense tras su disolución, dan paso a un orden multipolar sin actores dominantes. Sin embargo, lo cierto es que la hegemonía estadounidense operó en todo su esplendor en el periodo que comprende 1945-1976, comenzando a declinar en algunas escalas y planos a partir de ese momento y acelerando los límites de su desgaste en el mismo momento en el que se desmorona la Unión Soviética.
La cantidad y la magnitud de las intervenciones militares estadounidenses alrededor del mundo a partir de la década de 1990, en este sentido, en lugar de leerse como continuidades de las proxy wars propias del periodo de la Guerra Fría, deben entenderse como medidas extremas implementadas para atenuar y desacelerar el proceso de desgaste que su hegemonía ya venía experimentando desde los años setenta. La condición de plenitud en el ejercicio de la hegemonía de cualquier actor, después de todo, históricamente nunca se ha prolongado por un periodo mayor a los treinta o cuarenta años de vigencia, y el caso estadounidense no es excepción a la regla.
El rol de actor dominante, hegemónico, siempre supone el ejercicio de cierto grado monopólico del poder geopolítico global para conservar ese estatus. Sin embargo, dicho ejercicio siempre es condición de su propia decadencia, pues en el acto de conservar las ventajas económicas y militares que lo posibilitan son las mismas estrategias de conservación las que terminan por socavar la condición hegemónica a la que anteriormente servían. Una forma simple de comprender este proceso es observando la manera en que el poder hegemónico estadounidense operó para fortalecer al bloque europeo al mismo tiempo que restringía su fortalecimiento dentro de límites lo suficientemente manejables como para que dicho bloque no le disputase sus ventajas. La cuestión aquí es que para mantenerse en una posición privilegiada respecto de sus competidores, Estados Unidos requirió siempre de mercados grandes que le permitieran incrementar permanentemente sus niveles de acumulación y concentración de capital, y que al mismo tiempo le facilitaran la tarea de contener a sus competidores.
China, sin lugar a dudas, entra en esta ecuación, a partir de la década de los años setenta, como un nuevo y un enorme mercado (fuete de materias primas y mano de obra barata, pero también de un consumo abrumador de bienes y servicios hasta ese momento inexistentes en el país), que servía lo mismo para contener la expansión comercial de la Unión Soviética a sus zonas de influencia más próximas que para contrarrestar la enorme dependencia estadounidense de los mercados europeos. Así pues, la apertura china a los flujos comerciales de Occidente, en general; y de Estados Unidos, en particular; supuso una válvula de escape para la hegemonía estadounidense: una salida fácil que permitía mantener los cierto grado de acumulación y concentración de capital en una sociedad en la que, debido a su enorme atraso comercial, las posibilidades de emprender una marcha de crecimiento acelerado (y por tanto, de una eventual disputa por liderazgo global) se percibían nulas, por lo menos en lo inmediato.
La cuestión acá es que cuatro décadas pasan rápido, y las enormes ganancias obtenidas en Occidente por su comercio con el Sudeste asiático, en general; y con China, en particular; fueron un atractivo tan grande que poco importó que fuera justo esa dinámica, con un potente impulso neoliberal que cada año exigía a los chinos una mayor apertura y liberalización de su economía, la causa del rápido y profundo crecimiento de la economía china.
Para poner sólo un par de ejemplos en un lapso de tiempo concerniente a los últimos diez años, de acuerdo con datos del Laboratorio de Estudios sobre Empresas Transnacionales, del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el plano de la distribución de los flujos entrantes de Inversión Extranjera Directa (IED) alrededor del mundo, entre 2006 y 2015 únicamente once economías concentraron poco más de la mitad del total de IED circulante en todo el planeta: 55.5% (781.9 miles de millones de dólares), en 2006; 63.4% (1,117.7 miles de millones de dólares), en 2015. Pero de esas once economías, dos son las que se disputan el primero y el segundo lugar en concentración de IED: China y Estados Unidos.
En 2006, Estados Unidos acaparaba alrededor de 237.1mmdd., es decir, 16.9%; del total mundial. Diez años después, en 2015, concentraba 379.9mmdd., esto es, 21.6% del total global. China, por su parte, en 2006 concentraba sólo 8.2% del total mundial, es decir, 114.5mmdd., o lo que es lo mismo, apenas la mitad de todo lo que acaparaba Estados Unidos en el mismo año. Una década después, en 2015, la cantidad de IED captada por la economía china pasó a los 310.5mmdd., esto es, 17.6% del total de flujos circulando alrededor del mundo. Ello da cuenta de cómo en este breve lapso la enorme brecha que dividía a Estados Unidos de China por más del doble de concentración se redujo a una diferencia menor a los ochenta mil millones de dólares: cuatro puntos porcentuales de distancia.
La cuestión acá es que no sólo se trata de un incremento sostenido de la inversión captada por los chinos, sino que, además, se trata de observar que, a diferencia de lo que ocurre con la economía estadounidense, marcada por subidas y caídas constantes en sus flujos de IED entrantes, en Cina ocurre que la pendiente es más estable, permanente, sin tantas caídas y con varios puntos de empuje hacia arriba. Pero hay más: China no únicamente se está consolidando como un polo de atracción de inversiones más atractivo y rentable de lo que es el mercado estadounidense, sino que, además, se está posicionando, asimismo, como un importante inversionista.
En el plano de los flujos salientes de IED, en 2006, Estados Unidos representaba un 16.6% del total, es decir, 224.2mmdd.; diez años después, en 2015, representaba el 20.3% del total, esto es, 300mmdd. China, por su parte, en 2006 apenas registraba flojos salientes de IED por 62.1mmdd., esto es, 4.6% del total global. Diez años después, en 2015, ya alcanzaba los 182.7mmdd., es decir, el 12.4% del total. Para ponerlo en perspectiva, China y Estados Unidos, juntos, representan poco más del 30% de los flujos salientes de IED en el mundo; sus nueve competidores más cercanos (junto con los cuales acaparan el 71.2% de IED saliente) no pasan, en lo individual, de márgenes del 8%. China, en lo singular, es el principal competidor de Estados Unidos, e sólo ocho puntos porcentuales de igualar la cantidad de inversión que tiene distribuida alrededor del mundo.
 Pero si este plano de competencia ya se percibe tenso, en el terreno de la distribución global del empleo, el panorama no pinta mejor para Estados Unidos, y definitivamente es el mejor terreno de competencia de China. En términos generales, veintiocho países concentran 80% del total de empleos que se tienen alrededor del mundo (2.23 mil millones de personas). De esos veintiocho, China, India y Estados Unidos concentran, juntos, al 46.2% de total. Y en términos más particulares, China e India aportan al mundo un 41% del número de empleos.
Para ponerlo en perspectiva, del porcentaje de distribución del empleo mundial por países, en 1994, China concentraba el 27.65%; India, el 14.71%; y Estados Unidos, el 5.36%. Veinte años después, en 2014, China se mantiene en un 24.34% de concentración; India, en un 14.79%; y Estados Unidos en un 4.76%. Este dato, por sí mismo, ya es representativo de la magnitud del problema que Estados Unidos debe enfrentar con su reducido mercado laboral: la narrativa de Trump respecto de rescatar empleaos industriales tiene que ver mucho con este panorama, y sus medidas para restringir ciertos mercados o para elevar los aranceles de entrada a su mercado de ciertos productos parecen encontrarse en sintonía con la necesidad de contener las principales industrias Chinas, generadoras de millones de empleos.
Pero no sólo, pues, además, es preciso observar que de las quinientas mayores corporaciones a nivel global, en 1994, las estadounidenses concentraban un 40.2% del total de distribución de empleos dentro de esas mismas quintas empresas, pero en 2014, veinte años después, ese porcentaje bajó a un 24.8%. China, por su parte, en 1994 concentraba, en este rubro, el 0.6% del total global; mientras que en 2014 alcanzó el 28.6%. Ello da cuenta de que la afrenta no sólo es en contra del mercado laboral chino, sino que, además, hay una brecha importante que se está cerrando entre las empresas chinas y las estadounidenses: una brecha que se cierra no sólo en términos del tamaño de las propias empresas, sino que se cierra, además, en la creación de empleos, en la concentración de IED y en la acumulación de capital a nivel internacional.
No es un dato menor que de los cien corporativos más grandes (por ingresos/ventas) a nivel global, en quince años China haya logrado desplazar de las primeras posiciones a las empresas estadounidenses. En 2001, los primeros cinco lugares correspondían a: Walmart (EU), ExxonMobil (EU), General Motors (EU), BP (RU) y Ford Motor Co. (EU). En 2016, las primeras cinco posiciones correspondían a: Walmart (EU), Satate Grid (Chi), Sinopec Group (Chi), China Nat Pertrol (Chi), Toyota Motor (Jap). Son los más grandes capitales corporativos del mundo los que se están disputando el acaparamiento de los mercados globales, y en ese contexto, el desatar una guerra comercial en los términos en los que lo está haciendo la presidencia estadounidense no parece ser una medida regresiva, sino contenciosa de la expansión de los competidores chinos frente a los capitales estadounidenses.
El conservadurismo y el proteccionismo estadounidense debe leerse en este contexto. Recomendar más dosis, dosis más altas y concentradas de liberalismo para hacer frente al ascenso de China no es opción cuando fue la instauración del neoliberalismo más atroz en ese país lo que cimentó y consolido el actual éxito chino.


*Esta columna fue publicada originalmente, por el autor de la misma, en la página web del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional [ Enlace ]

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