25/5/18


Este domingo 20 de mayo se llevó a cabo el segundo debate —de tres— entre los ahora cuatro candidatos a la presidencia de la república para el periodo 2018-2024. Los temas de la dinámica en cuestión versaban sobre migración, combate al crimen organizado y seguridad fronteriza, así como garantía a la inversión. En términos generales, cada una de estas temáticas se desenvuelve en una serie de políticas nacionales que, por tal motivo, llevaron a los presidenciables a centrar su participación, más allá de sus repetitivos eslóganes y de esos enormes espacios comunes que suponen los ataques personales y las descalificaciones, en una suerte de reciclaje de los argumentos que ya en el primer debate habían expresado como sus puntos fuertes de campaña.
El problema que ahora se presenta no es, sin embargo, que ninguno de los candidatos ofreciera algo nuevo, algo diferente, siquiera, de lo que el electorado pudo presenciar en la primera contienda. En realidad, la expectativa de que las cosas acontecieran de otro modo era baja en el grueso de los sondeos que a diario monitorean las campañas presidenciales, ya sea a por encargo y a cuenta de algún candidato, grupo empresarial y/o asociación de la sociedad civil, o porque en realidad se plantean como un contrapeso al poder político vigente. El problema, más bien, es que de las muchas cosas que evidenció este segundo debate, la principal de ellas es que en dentro del ideario propio de cada candidato, al funcionamiento de la estructura estatal que pretenden presidir se lo concibe con una abrumadora independencia de la labor que ese mismo andamiaje debe desplegar en el plano de una serie de políticas exteriores, así, en plural.
Los asuntos de migración, de crimen organizado y de inversión, para tomar los tres ejes del debate, claro que tienen una dimensión de política interna que es imprescindible atender: es impensable hacer frente a las olas de migrantes que atraviesan o concluyen su viaje en territorio mexicano (con independencia de su estatus migratorio en el país) si no se pone en perspectiva, en primerísima instancia, la manera en que deben funcionar los tres poderes y los tres órdenes de gobierno respecto del desarrollo de aquellas; justo de la misma manera en que resulta inconcebible obtener resultados medianamente aceptables en el abordaje de los otros dos ejes si esos tres poderes y esos tres órdenes de gobierno no se articulan con eficiencia y eficacia para atender las causas y las consecuencias que cada fenómeno desenvuelve e impacta de manera directa o indirecta en la cotidianidad de la sociedad mexicana.
La cuestión es, sin embargo, que el haber hecho arrancar, transitar y agotar todo el debate en el reciclamiento del diagnóstico que cada candidato tiene sobre el desempeño de la política doméstica en cada una de esas asignaturas además de dar cuenta de la poca preparación, del poco contenido que se está dando a las campañas en esos temas, evidencia que ni la política internacional ni las políticas exteriores de México son prioridad. De entrada, bien a bien sigue sin quedar claro si los ejes del debate fueron establecidos por el Instituto Nacional Electoral, a propuesta propia, y con la venia de los partidos políticos que participan en la contienda; si fueron los mismos partidos los que se armaron agenda a modo; si fue la sociedad civil, el empresariado, una junta de notables o la academia de donde salieron las propuestas temáticas.
Pero no sólo es eso. Resulta evidente que si este segundo encuentro se centró en esos temas, y en los que entre descalificación y descalificación los presidenciables iban colando al espectáculo, es porque en el fondo son los asuntos que en este momento —se supone— representan una prioridad para la administración actual y deberían ser igual de importantes para la que le siga en los próximos seis años. Es decir, es claro que la relación con Estados Unidos (no menos hostil que en otras épocas, salvo por la poca corrección política del presidente Donald J. Trump), la relación de las actividades productivas y de consumo nacionales con el capital extranjero, la profusión de la violencia por causa del combate al crimen organizado internacional y las olas migratorias y los volúmenes de tráfico de personas son los temas del momento no por moda, o por alguna suerte de fijación de quienes se encargan de la planeación y ejecución de la política del Estado mexicano en su proyección externa, sino porque son eventos que en el momento presente están suponiendo un verdadero desafío político, económico, cultural, en proporciones mayores y en un contexto particular.
Condenar la sucesión de monólogos que cada candidato ofreció respecto de cada temática, en este sentido, no debería de ser condenable por sí mismo, o, por lo menos, no al margen de esta consideración. El punto aquí es que además de haber colapsado todo el debate sobre una reiteración de sus diagnósticos de campaña sobre el estado de la política interna, cada uno de ellos (incluido el presidenciable que ya fungió como canciller) decidió hacer gala de una completa falta de preparación en lo que respecta a los porqué, los qué, los cómo y los paraqué de políticas específicas.
Y es que, sí, es cierto, en varios sentidos, los tres ejes del debate terminaron ofreciendo poco más de dos horas de monólogos a menudo monotemáticos —regurgitando sin cesar que todo el política exterior se debe hacer con respeto y dignidad, sin ir más allá. Sin embargo, el que los temas de entrada fuesen tres no condicionaba, por ningún motivo, el que las respuestas de los presidenciables se centraran en tres temas. Por ello es preocupante la carencia de planeación, proyección y voluntad de ejecución de políticas exteriores concretas, que funcionen. Porque en el fondo, el que la relación México-Estados Unidos se planteara exclusivamente en términos de esa misma relación; o el que el tema migratorio se discutiera en términos exclusivamente de migración —y así sucesivamente— da cuenta de que las respuestas se están buscando en los mismos lugares comunes de siempre, antes que en intentar hacer gravitar cada eje sobre una serie de posibilidades exógenas.
En redes y en los balances que diversos analistas ofrecieron en el posdebate, por ejemplo, no se dejó de reiterar que la política exterior de México (así, en singular) es mucho más que la relación del Estado con Estados Unidos, o los temas álgidos de inversión, migración y crimen organizado. Esa radiografía es cierta. Sin embargo, lo condenable no se encuentra ahí, sino en el hecho de que al problema de migración se le atajó por la vía del respeto y la dignidad (y en ocasiones por la de la garantía de los derechos humanos y la reciprocidad de trato que se le ofrece al migrante en México vis á vis el que se exige a Estados Unidos en relación con la diáspora mexicana). Pero el caso es que esa es sólo una vía de acción —una que, por cierto, se viene reafirmando en el discurso desde hace tres sexenios, aunque en los hechos únicamente empeora. Y lo mismo a los temas de inversión y seguridad, contestando una y otra vez que se necesita garantizar el respeto y la dignidad de los inversores y de las víctimas, respectivamente.
De lado quedó el hecho de que cada candidato se encontraba en posibilidad de ofrecer respuestas diversas a los mismos planteamientos (como la diversificación de relaciones diplomáticas y comerciales, la recurrencia a mecanismos internacionales, la retracción sobre la bilateralidad, etcétera). Es decir, que si en el debate los grandes ausentes —salvo por alguna mención en uno u otro tema, quizá—, fueron América Latina, China, Europa, la agenda global por el cambio climático o cualquiera de los desprendimientos que se obtienen de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ello no se debe a un acartonamiento de los contenidos del debate, sino al hecho de que esos grandes ausencias simplemente no figuran en los respectivos idearios de los candidatos como respuestas a problemas de diversa índole. Pensar que los tres ejes de la discusión comienzan, transitan y se agotan en sus propios términos hace que se pierda de vista que cada uno de ellos se encuentra atravesado por varias series de otros muchas problemáticas internacionales, mismas que, a su vez, se articulan en agendas regionales, hemisféricas y globales mucho más amplias y complejas en las que, por supuesto, el Estado mexicano debe y tiene que incidir no únicamente como mecanismo de posicionamiento de sus propios intereses, sino como parte del problema y de la solución; así como por puro sentido o estrategia de supervivencia.
Por lo anterior, si hay un fracaso en materia de políticas exteriores de México éste no se debe de juzgar únicamente por el desempeño (o por el no-desempeño) de los presidenciables en el debate pasado, sino en por el hecho de que las respuestas que se están ofreciendo para eventos de magnitudes globales se están buscando en la política interna de México. Es un dato revelador el que en un contexto en el que las dinámicas globales tienen una mayor y más profunda incidencia en el desarrollo de realidades nacionales, en un mundo en el que su propia globalización ya se perfila para desbordar sus mismas fronteras, los temas que van más allá de los límites jurídico-políticos de México sigan siendo, por un lado, monopolio de una pequeñísima proporción de la población que incide en la vida pública nacional; y por el otro, un verdadero espacio de discusión desconocido para el resto de los mexicanos.
Basta con observar que en el balance que la comentocracia salió a ofrecer en el día después del espectáculo, los temas de discusión rayaban entre el absurdo de la burla a algún comportamiento o frase memorable de cada candidato y la solemnidad que ya es típica de quienes ven lo fundamental en la contienda electoral por sí misma, al margen de los contenidos. Por eso no es de sorprender que siendo la mexicana una de las sociedades más penetradas por intereses extranjeros, la contracción, el aislamiento se encuentre no en la práctica política o comercial del día a día, sino en el desdén generalizado que se profesa ante realidades que por no desarrollarse dentro de los límites territoriales de este país se perciben ajenos a su cotidianidad, sin serlo.
Por eso, también, el colmo de la cuestión es que, de nueva cuenta, el electorado al que pretenden ganarse reaccionó ante ese vacío de propuestas, de contenido, mejor dicho (del cual quizá habría que excluir la propuesta de colocar a Alicia Bárcena al frente del multilateralismo mexicano) con poco menos que un generalizado y sórdido humor que al final del día vuelve a dejar la sensación de que poco importa que la política mexicana esté vaciada de contenidos, si con afirmar que todos los candidatos son lo mismo, que todas las promesas son iguales y que todos los resultados terminarán en el mismo desaseo el ciudadano se afirma en una supuesta posición crítica, contestataria al poder político vigente.
En el segundo debate presidencial, las políticas exteriores de México fueron los verdaderos fracasos y las grandes ausentes por las dos vías: por lo abandonada que se encuentra la sociedad a su realidad más inmediata, desconectada de la complejidad del exterior, y también por el ensimismamiento de cuatro candidatos que piensan que por hablar de cosas que pasan en otros países ya están haciendo, planeando o proyectando algo parecido a una política exterior nacional.


*Esta columna fue publicada originalmente, por el autor de la misma, en la página web del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional [ Enlace ]

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