14/4/18

En noviembre de 2017, en el marco de celebración de la XXV Cumbre de Líderes del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), el entonces recién investido presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró en reiteradas ocasiones a los equipos de prensa que lo acompañaban en su viaje, que al margen de los acuerdos a los que se estaban llegando dentro del APEC, tanto su Gobierno como el encabezado por el ruso Vladimir Putin habían acordado que una solución política sobre la guerra en Siria era necesaria para salvar millones de vidas y clausurar, por fin, el conflicto.
Al momento de darse a conocer esta información, las corporaciones de comunicación estadounidenses —por aquel entonces adversas a la administración de Trump por convicción y necesidad—, hicieron eco de las palabras de éste para atizar posicionamientos que desde la campaña electoral del mismo ya habían colocado en el centro de las agendas pública y mediática, siempre con la pretensión de mostrar el enorme error histórico que se estaba a punto de cometer en la Unión Americana al conferirle los destinos de ese país a quien los intereses mediáticos no se cansaron (y no lo hacen, aún) de señalar como la personificación del mayor retroceso y la más grande y profunda anormalidad civilizacional hasta entonces experimentada por la sociedad estadounidense.
En varios sentidos, además, para aquellos intereses, el posicionamiento de Trump respecto de la intervención militar en Siria —hecho gravitar desde las campañas electorales al rededor del objetivo confeso de cooperar con el Gobierno ruso para poner un punto final a la cuestión—, era muestra clara de que los señalamientos hechos por los aparatos de inteligencia estadounidenses, en los que se acusaba la injerencia de Rusia en los procesos electorales de Estados Unidos y de sus principales aliados en Europa, eran de hecho ciertas; comprobándose así la subordinación del adalid de los valores occidentales al renacido imperio del mal.
Trump, después de todo, con posicionamientos como éste y con una gran cantidad de declaraciones con un grado ínfimo de corrección política que iban en la misma línea de ideas, pasaba no únicamente a sacar la relación Estados Unidos-Rusia del abismo tan profundo en el que la administración de su antecesor, Barack Obama, la había dejado —con fórmulas y niveles de intercambio inclusive por debajo de los experimentados en los peores momentos de la Guerra Fría—, sino que, además, debido a que ese grado de normalización no era, por sí mismo, condenable, Trump estaba, más bien, abriendo la puerta a una conjunción de alta prioridad en la relación bilateral con un amplio margen de maniobra militar; ambos, elementos que Obama procuró mantener en dimensiones diferenciadas, y sobre todo, nunca concurrentes.
¡Poco más de un lustro de intervención armada, así como los lucrativos resultados de ella obtenidos, parecían entrar en una irreversible fase de peligro sólo por causa de las ocurrencias de un presidente sospechoso de ser doble agente soviético y su equipo de asesores rusófilos!
Poco menos de medio año después, aquel punto máximo de convergencia entre los intereses occidentales y orientales, en general; estadounidenses y rusos, en particular; se aprecia muy lejano y la relación bilateral, aunque podría empeorar aún más, por lo menos en el momento presente ya superó al legado de Obama en la materia; tanto, que en ese lapso de tiempo, lo que va de transcurrido este año, Estados Unidos, en solitario, primero; secundado por Francia y el Reino Unido, después; ya incluso llegó a declarar ataques aéreos focalizados (en particular en lo que respecta el empleo de misiles balísticos de largo alcance) no únicamente en instalaciones militares y económicas de prioridad para el funcionamiento propio del Gobierno de Bashar Al-Assad, sino también, colocando como objetivos destacamentos militares Iraníes y Rusos, así como instalaciones y conglomerados urbanos habitados por civiles.
La última de estas ofensivas, declarada unilateralmente por la coalición que conforman Estados Unidos, Francia y Reino Unido, se dio en la madrugada de este 14 de abril; alegando como justificante para la afrenta, por supuesto, las también aún infundadas acusaciones de que el Gobierno sirio y sus aliados de Oriente habrían utilizado, de nueva cuenta, armamento químico en contra de población civil, aunque adherente a los movimientos de resistencia contra el régimen de Al-Assad.
¿Qué cambió en los pasados cinco meses que ahora la posibilidad de que Estados Unidos y Rusia pacten en torno del conflicto sirio es ya una decisión fuera de la baraja de opciones sobre la mesa? ¿Por qué lo que se prefiguraba como un acuerdo político entre los dos principales actores con intereses geopolíticos vitales en Siria es ahora un abierto enfrentamiento entre las fuerzas armadas estadounidenses y las rusas, ya no al estilo de las proxy wars a las que la Guerra Fría y su aftermath tenían acostumbradas a las periferias globales, en donde se libraban este tipo de conflictos, sino en la forma de un hipócrita embate directo velado por declaraciones públicas en las que en ambos lados de la ecuación se niegan los hechos al tiempo que condenan con cada vez mayor vehemencia?
De entrada, aunque ya son historia añeja y son hechos sólidos con amplia difusión y reconocimiento en los análisis que abordan la intervención de Occidente en Siria (criterios aplicables, por extensión, a otras localidades alrededor del mundo), algunos de los lugares comunes particulares del conflicto son, entre otros, y de entrada, que la posición geográfica del país lo convierte en un enclave geopolítico desde el cual se juegan: a) el control de las operaciones directamente involucradas con la intervención en Irak; b) en conjunción con este otro país, así como con Afganistán y Pakistán, la contención de la influencia económica, política y militar de Irán en la región; c) la regulación de los contactos comerciales terrestres (y en menor medida marítimos) entre Oriente Próximo, Asia Central y las economías del Mediterráneo; d) del punto anterior, en particular, los contactos comerciales de China con el extremo occidental del corredor denominado Nueva Ruta de la Seda; e) la confrontación de la presencia militar rusa en los alrededores del Mar Caspio; f) el sostenimiento del cerco articulado con Libia y Túnez, en el Mediterráneo; y Yemen y Somalia en el Mar Rojo.
En otros planos, además, se encuentran en juego las enormes ganancias que dejan el propio negocio de la guerra como tal, la extracción de recursos naturales (en particular petróleo), la reconstrucción de todo cuanto se devastó (de peculiar importancia para la especulación financiera y para los sectores involucrados con las industrias de la construcción e inmobiliaria), las actividades involucradas con el tráfico de estupefacientes, etcétera. Todo esto y más hacen del país sirio y de su sociedad un botín en el que el ganador no únicamente gana para sí, sino que hace que el oponente pierda: la guerra en Siria es una operación de suma cero y la cantidad y la magnitud de intereses respaldando a los actores principales a ambos lados de la ecuación hacen que el perder sea aún más costoso.
La cuestión acá, concerniente a los porqués de la más reciente ofensiva estadounidense, a pesar de la línea dura que adoptó Rusia sobre ello (dureza pocas veces observada en los pasados siete años de conflicto) es que cada uno de esos elementos enlistados líneas arriba son constantes que nunca son sacadas de la ecuación, es decir, no se suspenden o se excluyen en momentos determinados, sino que, por lo contrario, se traslapan, se superponen unas a otras en ordenes que dependen de las necesidades del momento, tanto para un frente como para el otro —sin obviar que a pesar de adherirse a Rusia y a Irán, Siria tiene sus propios intereses aún ante a estos dos.
Declarar un ataque por cualquiera de esas condicionantes del conflicto, luego de que en días pasados la coalición de fuerzas pro-Assad declarara sucesivamente la derrota del Estado Islámico en el país y la reconquista del grueso de los territorios dominados por la oposición al régimen (en gran medida armados y financiados por Occidente, además de recubrirlos con el velo de la potencia moral que contienen en sí palabras como liberación, democracia, justicia, etc.,), habría resultado en un verdadero fracaso mediático, dentro y fuera de Occidente, en términos de la construcción y aceptación pública, colectiva, de las justificaciones políticas, éticas y morales necesaria para atacar sin oposición o condena alguna.
Por lo anterior, en primer lugar, no hay que ver en las acusaciones de Occidente contra Siria y Rusia sobre el accionar de armas químicas una simple empresa de concientización de la humanidad en torno a los fantasmas del Holocausto y sus posibles consecuencias si no se previenen —a propósito de la demagógica condena elaborada por la representante estadounidense ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Nikki Haley, sobre el tema. Aunque parecen eventos distintos, sin ninguna relación que los vincule, las acusaciones en contra del Gobierno ruso, acerca del uso de un agente tóxico en contra de Serguéi Skripal, en Reino Unido; y las propias sobre el régimen de Al-Assad en la ciudad de Douma, se unen por el común denominador del empleo de químicos, y en estricto, aunque a Al-Assad ya se le acusó en los mismos términos y con una campaña mediática de aún mayores proporciones en 2013, en esta ocasión, los señalamientos sobre Skripal sirvieron para preparar a las audiencias en la aceptación de que Rusia no únicamente sería capaz de negar el uso de agentes tóxicos si le conviene a sus intereses, sino que los aplaudiría en caso de que un aliado lo haga: así, los eventos de Douma del 8 de abril pasado son el correlato de algo que ya estaba en marcha mucho antes, en Londres.
No debe perderse de vista, en segunda instancia, además, que no es azaroso que justo en el momento en que la alianza que respalda al régimen sirio declara la finalización del conflicto armado y el inicio del proceso de reconstrucción, un ataque como el que se señaló al unísono, con la misma línea editorial en la prensa mainstream estadounidense y europea, se le adjudique a aquellos que en el terreno ya se encontraban sumando a su causa y restando a la de Occidente: afrenta directa para tres gobiernos con un marcado acento nacionalista y neoliberal —a pesar de los reiterados señalamientos que se les hacen sobre su proteccionismo, amén de no comprender que éste es sólo un instrumento más del neoliberalismo para reciclarse, y no su antítesis.
Así pues, los argumentos sobre el uso de armas químicas en Douma se usaron como un justificante que aunque en el pasado emergió, su desenlace en 2013 lo mantuvo oculto, y hasta ahora fuera de la actual ecuación. Introducirlo ahora ofrecía algo nuevo y algo potente en contra de lo cual actuar: un fantasma, se insiste, del Holocausto (Occidente no iba a elegir como ejemplos a otros genocidios perpetrados en contra de las poblaciones de la periferia global: África, América Latina, Asia) presto para unificar fuerzas de apoyo social públicas. La cuestión es, no obstante, que aunque ese parece ser el detonante, en realidad no es sino un subproducto de dos eventos más significativos en términos de sus implicaciones para el sostenimiento o desbalance posible de la correlación de fuerzas presente en el país.
El primero de ellos fue, por supuesto, la declaración misma de la coalición que se encuentra respaldando a Gobierno de Al-Assad. Sin embargo, ésta no debe considerarse por sí misma, de manera independiente al conjunto de poderes que la sustentan. Antes bien, este evento debe considerarse siempre a partir de la consideración de que fueron Rusia, Irán y Turquía las potencias regionales que se presentaron juntas, a pesar de las diferencias y los múltiples enfrentamientos que entre ellas subsisten por debajo y al margen del conflicto sirio. Turquía, en particular, es un asunto de especial atención para Estados Unidos y sus aliados europeos, después de todo, no es gratuito que el Estado turco sea parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte: su viraje hacia nuevos horizontes es más significativo de lo que los atlantistas suelen aceptar.
El segundo de estos eventos es, quizá, el de mayor trascendencia y consideración, tanta, como para que el conjunto de intereses estadounidenses empeñados en mantener su posición de poder en la región —los mismos que lograron arrastrar al presidente Trump desde una posición favorable a Rusia a una abiertamente hostil—, es que en los primeros días de abril, el nuevo Ministro de Defensa chino, Wei Fenghe, en visita oficial a su contraparte rusa, en el marco de la VII Conferencia Internacional de Seguridad de Moscú, acompañado de una comitiva integrada por los más altos y especializados mandos chinos en el rubro, declaró abiertamente, y con un lenguaje más directo y certero, pocas veces visto en años anteriores en temas que no implicasen de facto los intereses geopolíticos inmediatos de China (sobre todo en el Sudeste asiático), que su presencia en la Conferencia se debía sobre todo para mostrar a América el nivel de compromiso, de fortalecimiento y de cooperación al que se busca escalar la relación bilateral China-Rusia en términos militares.
Aquí, de nueva cuenta, el evento no debe leerse por sí mismo. No es extraño, al final del día, encontrarse en el camino de los últimos dos lustros declaraciones y actos concretos dados por ambas partes en la misma dirección. La alianza sino-rusa es un vínculo que se ha venido trabajando por ambas partes con esfuerzos muy potentes en los últimos años; garantizando un equilibrio financiero (China) y militar (Rusa) de frente a Estados Unidos y su animadversión por ambos regímenes. Lo que es importante en este evento es que la temática y los trabajos de la VII Conferencia rusa se centraron en desarrollar una estrategia militar enfocada en el conflicto sirio.
Ahora bien, ¿por qué ello debería ser trascendental para el proceso de toma de decisiones en Washington y su desenlace en los ataques de esta madrugada? La decisión, aquí, se encuentra definida por el hecho de que si bien es cierto que China ya participa como una potencia militar (además de financiera, en comparación con Rusia, con mayores posibilidades en el plano militar pero en franca desventaja en el financiero) en una multitud de operaciones que abarcan la masa continental euro-afro-asiática —con una fuerte concentración en el África Subsahariana—, también lo es que en los siete años del conflicto, China se había mantenido al margen, militarmente, de la cuestión siria. Haber participado en la VII Conferencia, con el tema al que ésta se dedicó y con el posicionamiento que se planteó, supone, ya de entrada, un mayor involucramiento militar de China en la guerra, con la posibilidad abierta a que esa cooperación se escale y se lleve a otros escenarios en el Asia Central y Oriente Próximo.
Y aquí el punto es que, en realidad, no es para sorprenderse por el posicionamiento chino. No únicamente por la tensión presente en la relación de ese Estado con la Unión Americana, sino porque siendo la franja media de Oriente Próximo y Asia Central los escenarios principales en los que se proyecta desarrollar el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, el contener la presencia estadounidense en los ramos económico y militar resulta ser crucial para la instrumentación del proyecto en sí mismo.
No es azaroso, por esto, que lo que en la opinión pública y la agenda mediática se trata como una respuesta desproporcionada —incluso irracional— del presidente Trump no sea sino un procedimiento estándar más dentro de su baraja de opciones; que además, en la lógica de ese mismo proceder, es por entero proporcional al tamaño de la amenaza que se percibe de una articulación militar a profundidad Rusia-China-Irán-Turquía; escenario por mucho parecido a aquel que desde la década de los años setenta del siglo XX planteara el entonces Consejero de Seguridad Nacional del Gobierno del presidente estadounidense James Carter, Zbigniew Brzezinski, como la mayor amenaza concebible a la posición de poder de Estados Unidos en la región.
Por eso, no queda más que señalar que aunque los eventos aquí apuntados apenas se van desarrollando, es importante dar un paso atrás y no leerlos de inmediato como anormalidades en el funcionamiento general de los aparatos de seguridad e inteligencia de Estados Unidos; menos aún, como decisiones azarosas, irracionales y viscerales de su presidente, pues en este momento no hay mejores ejemplos de que la administración de Trump y sus decisiones son vivo reflejo del estatus quo dominante en la era Obama y mandatos anteriores, justo, que las decisiones que se están tomando en materia de Seguridad y conflictos armados.

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