30/4/18


El pasado jueves 26 de abril, la comunidad internacional asistió como espectadora al encuentro que celebraron los mandatarios en turno de los Gobiernos de la República Popular Democrática de Corea y la República de Corea; un evento que, tras sesenta y cinco años de armisticio, en varios sentidos y para amplios sectores de la población global, se espera que sea la piedra de toque sobre la cual se logre, finalmente, pacificar y estabilizar a la península, en particular; y a la región, en general; por medio de la reducción bilateral de despliegues militares y, sobre todo, de la desnuclearización del Norte.
Por supuesto, y no muy en el fondo, la reunión no terminó ningún conflicto bélico que en la práctica no estuviese ya en su más bajo perfil —al punto en que ningún enfrentamiento directo o indirecto entre las fuerzas armadas de los dos Estados se ha producido desde que se celebró el armisticio. Afirmar que la guerra por fin terminó (o se encuentra en el camino de finalizar), por lo anterior, no pasa de un mero formalismo jurídico: uno que de ninguna manera define la naturaleza misma de cualquier conflicto bélico, pues el desarrollo o la ausencia de una guerra en un espacio particular, entre actores específicos, no depende sino de las condiciones reales, materiales, de su desarrollo o no-desarrollo.
En esta línea de ideas, por ejemplo, no es difícil encontrar desarrollándose, en el momento presente, una decena de enfrentamientos bélicos —ya entre Estados, entre Estados y actores no estatales o entre puros autores no estatales— que, dependiendo de los intereses que se encuentran en juego, lo mismo son negados, en tanto guerras, en un instante, únicamente para ser afirmados como tales al siguiente. O ya sin ir tan lejos, igual se les nombra, ya por unos y otros, intervención, guerra civil, revolución, primavera, disuasión, ocupación, operación para el mantenimiento de la paz, contención, pacificación, estabilización, reconstrucción o similares y derivados.
¿En dónde encontrar, entonces, la razón de ser de la Declaración de Panmunjeom? Aunque para el mundo el tema de la reunificación tiene que ver, como se ha señalado hasta aquí, con la supuesta finalización de un conflicto bélico, de los nueve acuerdos principales que componen la declaración, sólo cuatro de ellos tienen que propiamente con ese tema; a saber, los acuerdos sobre: a) la finalización de la guerra que pausó el armisticio de 1953, b) la desnuclearización de la península, c) el cese propagandístico en torno a la frontera compartida y, d) el cese de ejercicios militares (destinados a hostilizar a la contraparte) en tierra, mar, y cielo. El resto son concernientes a la reunificación social y hasta cierto punto cultural de ambas poblaciones.
Para Occidente y la mayoría de sus aliados militares y financieros —incluida la propia República de Corea—, el tema de fondo de esos cuatro puntos (por encima de los cinco restantes), es que a través de ellos el mundo puede acceder a cierto grado de certeza respecto de las posibilidades de que la volubilidad y la arbitrariedad de los mandatarios norcoreanos desate un conflicto nuclear que arrastre al resto del mundo tras de sí. Es decir, el éxito que se alcanza es de dimensiones globales porque permite —dentro de los márgenes de esta concepción— reducir el espectro de acción de una potencial amenaza nuclear. La lógica de este argumento es que el peligro está en el airelatentependiendo de la tiranía de una personalidad impredecible, pero ajena a la etiqueta y las reglas de conducta de las democracias liberales y procedimentales.
El problema de todo lo anterior es que no únicamente Occidente ha dado muestras suficientes al mundo de que sólo se requiere —además de alguna aprobación parlamentaria— contar con algún sentido de predestinación, aparatos militares suficientemente robustos, finanzas lo bastante desarrolladas como para soportar los costos que se deriven, un complejo científico-tecnológico competitivo y una maquinaria propagandística de proporciones internacionales que justifique la agresión, para desatar y sostener por más de una década una agresión armada, directa o indirecta, en cualquier parte del globo —aunque particularmente en las periferias globales: Asia, África y América Latina.
Y ello, con independencia tanto del nombre que se le dé a la agresión en cuestión cuanto de los cientos de instrumentos jurídicos, nacionales e internacionales, y de las miles de normas diplomáticas y las decenas de mecanismos de diálogo y de cooperación a los que voluntariamente se dicen apegar los Estados-nacionales para mantener el orden, la paz y la estabilidad globales. Pero no sólo, pues por encima de esa lógica particular se encuentra el sinsentido de buscar la permanente legitimación y sostenimiento de una estructura internacional que se basa en la afirmación de que el mejor mecanismo con el que se cuenta para mantener esas tres condiciones (el orden, la paz y la estabilidad) es la amenaza permanente de la guerra y la destrucción nuclear frente a los enemigos de la sociedad.
En Occidente, por supuesto, esas amenazas son siempre explícitas, la cuestión es que muy pocas ocasiones a estas se las recibe en los imaginarios colectivos nacionales como tales porque se las reviste con el velo términos como libertad, igualdad, justicia, seguridad, orden, progreso, etc., para despojar a la palabra guerra (o similares y derivadas) de todo su contenido semántico, y para ocultar en el ejercicio de la misma todo su potencial catastrófico y el trauma humanitario que deja a su paso, devastando sociedades enteras. Basta con observar cómo, frente a los despliegues armamentísticos de China y Rusia, por un lado; y Estados Unidos, Francia e Inglaterra, por el otro; a los primeros se los identifica como el Mal del mundo, y a los segundos el Bien que los contrarresta —sin importar que uno y otro lado destruyan por igual cuando disputan un conflicto.
Que a una guerra, en general; y a cualquier conflicto armado, en particular; se los perciba como justos, necesarios y buenos, o como injustos, innecesarios y malos, depende por entero de los valores que mueven la ética de una colectividad, de una parte; y de la otra, del núcleo ideológico que acompaña a esa ética para revestirla con cierto grado de cientificidad, y por lo tanto, de veracidad. Por ello lo que de un lado de la ecuación es justo, necesario y bueno, del otro lado es su opuesto; y viceversa. Por eso, también, pese a esa justificación ética, ni de uno ni de otro lado de la operación importan esos conceptos, porque al final, en su despliegue, el ejercicio de la guerra igual acaba con el enemigo que se inventó, ideó y construyó.
Esta situación ha arrastrado al mundo a un estado de cosas en el que se acepta el ejercicio de la represión sobre sí mismo para garantizar, paradójicamente, la libertad de quien se reprime. Pero no sólo, pues, además, se concede, se milita en favor del establecimiento y mantenimiento de ciertas desigualdades para garantizar una supuesta igualdad superpuesta; se milita en favor de la censura, sobre sí y sobre el otro, para garantizar la libertad de expresión; se milita en favor de la coacción sobre sí y sobre el otro si ello lleva al ejercicio de la plenitud en los actos; se milita en favor de la guerra para mantener la paz; se milita en favor del despotismo ilustrado para defender la democratización y la representatividad; se milita en favor de la privatización de los bienes colectivos para afirmar la posibilidad de su goce público, y así, ad infinitum, en un largo etcétera.
Así pues, si la guerra es la paz, no sorprende que a la violencia se la tome por recurso para combatir y erradicar la violencia. En ese sentido, la mayor falacia que envuelve a la reunificación de la península coreana es que en ella se ve un esfuerzo exitoso en pos de la reducción de la amenaza, del potencial, de violencia que el mundo podría sufrir en un futuro indeterminado. Y lo es, porque mientras que se celebra la contención de esa latencia, el mundo se sumerge en una cantidad de conflictos armados con consecuencias tan catastróficas como pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad.
La sociedad global celebra que tiene una fuente de destrucción y violencia menos de la cual preocuparse. Sin embargo, además de sus formas más explícitas, una violencia subyacente, menos percibida por las colectividades por considerar a los eventos en los que se reproduce parte de la normalidad de las cosas, continúa reciclándose y actuando sobre millones de personas no como latencia o posibilidad, a la manera de la amenaza nuclear de Corea del Norte; sino como realidad presente, permanente, efectiva.
Ejemplo claro de lo anterior es, por mencionar sólo un caso de una larga lista, que la aceptación del ejercicio de la violencia como solución a otro ejercicio de violencia ha llevado al mundo, en los últimos quince años, a pasar de un promedio de veintiocho eventos terroristas anuales, a lo largo y ancho del globo, a más de once mil setecientos eventos por año —con sus consecuentes incrementos en el número de heridos y de víctimas mortales. Pero no en un solo sentido: el que comprende por terrorista al ataque violento de un actor no estatal en contra de las instituciones que dimanan de un Estado, de sus corporaciones privadas o de sus ciudadanos y/o nacionales; sino, también, en el de la reciprocidad estatal frente a tales actos.
Que al acto y al individuo o colectividad terroristas —como al enemigo de guerra— los designa la ética y la ideología de quien los construye como tal es un hecho al que poco se le puede refutar en tanto criterio de verdad (basta ver cómo, para el Gobierno estadounidense, cualquier organización comunitaria, indígena y/o popular que se oponga a sus intereses raya en la línea de organización terrorista —o es tomada por tal— para comprobar la tiranía y la arbitrariedad de los criterios empleados para designar al terrorismo). Sin embargo, aún al margen de esa acotación, lo que no deja de ser mero síntoma de volubilidad es que tanto el eje cualitativo como el cuantitativo de los ataques armados en contra de colectividades siga incrementando año con año, producto del ejercicio estatal de la violencia, en todas sus formas.
No es azaroso, en este sentido, que aunque en 2015 noventa y cinco países alrededor del mundo tuvieron algún evento de esta naturaleza (¡y el que sean noventa y cinco países ya dice bastante por sí mismo sobre la dispersión del fenómeno!), más de la mitad de ellos tuvieron lugar en únicamente cinco países: Irak, Afganistán, Pakistán, India y Nigeria; así como tampoco lo es que tres cuartas partes de las víctimas mortales del total de ataques se concentraran en Irak, Afganistán, Nigeria, Siria y Pakistán. Salvo India, el resto de los países mencionados o se encuentra bajo ocupación militar de Occidente —en particular estadounidense— (Afganistán e Irak), o se encuentra intervenidos por los mismos actores (Siria), o son empleados como laboratorios para la formación y adiestramiento de guerrillas adversas sus intereses (Pakistán).
No se trata, acá, únicamente de la manera en que los Estados-nacionales forman, organizan, entrenan, arman y financian a grupos militares y para militares para fragmentar sociedades y regiones enteras —a la manera en que Al-Qaeda y grupos similares, alrededor de los años setenta del siglo XX, fueron creados por los aparatos de inteligencia estadounidenses para contener la expansión soviética hacia el Sur de sus fronteras. Mucho menos de cómo tales prácticas se siguen utilizando y reciclando por otros actores. Se trata, más bien, de cómo ese proceso de reciclaje hace gravitar a su rededor otras expresiones de violencia, otros ejercicios, potenciándolos hasta elevarlos a escalas de conflictos bélicos regulares.
Por todo lo anterior, quizá sea prudente que la sociedad global dé un paso atrás y se detenga a observar cómo esos recursos que se presumen como la última línea de defensa en contra de los enemigos de la civilización, aunque se saben cotidianos y se perciben como parte de la normalidad de las cosas, son causas mayores —y más inmediatas— para la consecución de una destrucción mutua (Estado y sociedad) asegurada; y no, contrario al sentido común imperante, las latencias nucleares que se posan en regímenes como el norcoreano —pero también en cualquiera de sus contrapartes, con capacidades nucleares: Israel, Francia, Estados Unidos, Rusia, China, India, etcétera.
         Que en la actualidad la devastación y el genocidio no estén concentrados en un espacio reducido, como sí lo estuvieron durante la Segunda Guerra Mundial, en general; y durante el Holocausto judío, en particular; sino, más bien, dispersas por todo el orbe, no quiere decir que la sistematicidad de la destrucción sea la de un trauma menor o menos condenable. ¡Que al terrorismo no lo defina un acto, sino el terror que causa a la humanidad el ver su propia autoaniquilación!


*Esta columna fue publicada originalmente, por el autor de la misma, en la página web del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional [ Enlace ].

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