29/11/17

Este lunes 27 de Noviembre, el primer priísta de la nación, el C. Enrique Peña Nieto, aceptó la renuncia de José Antonio Meade Kuribreña, a la cartera de Hacienda y Crédito Público, en un muy breve evento en el que, a pesar de las palabras del presidente de México —dispuestas de la manera más precisa posible para ofrecer un espectáculo de razonada familiaridad y proximidad entre ambos personajes—, la distancia que media entre uno y otro fue evidenciada por el franco lenguaje corporal del segundo, respecto del primero. Como ya era previsible para el momento del anuncio, éste tuvo su razón de ser en la pretensión de actualizar una de las más viejas prácticas del priísmo caudillista: el destape del sucesor a la silla del águila por palabra y obra del presidente en turno.
Por supuesto, el performance fue, para las juventudes priístas del país, representativo del carácter inteligente, honorable y refinado de la manera de hacer política en su partido. Pero para cualquiera con un poco de memoria sobre Fidel Velázquez y el cetemismo, el pase de charola o el besamanos presidencial, lo que no dejó de trascender fue que lo grotesco del anuncio se fundó en un simbolismo que, por un lado, no terminaba de cuajar aquello que con la unción de Peña Nieto en la primera magistratura federal se bautizó como el PRI del Siglo XXI; y por el otro, tampoco atinaba a resucitar toda la solemnidad con la que las formas cortesanas del caudillismo saturó la política nacional durante todo el siglo XX.
Y es que, aunque los más institucionales se atrevieron a afirmar que la decisión de cobijar al único Secretario de Estado transexenal de la administración peñista se determinó, realmente, hasta los momentos en los que, de manera sucesiva, el presidente Peña Nieto anunció la renuncia de Meade a Hacienda y éste, a su vez, manifestó su deseo de ser abanderado priísta en la contienda electoral de 2018; lo cierto es que el movimiento ya se veía avanzar desde el punto en el que Meade transitó de la Cancilleria a la Secretaría de Desarrollo Social, y de ésta a Hacienda: las dos últimas siendo los principales engranajes sobre los cuales se echa a andar la maquinaria clientelista del Estado.
Por eso la gran discusión no debería ser (o por lo menos no de manera fundamental) la persona ni la personalidad del presidenciable del Partido Revolucionario Institucional —por más que las distintas tribus y facciones internas de la militancia del partido se esmeren en ofrecerle el mejor halago y la adhesión más poética a su campaña electoral. De hecho, en estricto, el dato más trascendental de ese proceso es el hecho de que nunca, en toda la historia del partido, desde su fundación como Partido Nacional Revolucionario, ningún candidato había sido comparado con Plutarco Elías Calles; a la manera en que Luis Videgaray, actual Canciller, lo hizo con Meade Kuribreña unos días antes de la renuncia de éste.
Y trasciende porque a pesar de que en el actual punto del sexenio la vocación priísta de Meade no es algo que se encuentre en tela de juicio, o que siquiera se esté cuestionando en los sectores más conservadores del PRI, reafirmar el compromiso de aquel con el instituto político no dejaba de ser un acto simbólico necesario para saturar la imagen del presidenciable. De ahí la importancia de esclarecer que el único candidato que ha tenido el PRI en su historia, en condición de no-afiliado ni perteneciente formal a su estructura, sea, al mismo tiempo, el único, hasta ahora, merecedor de ser comparado, identificado y asimilado con la figura del fundador del partido —y verdugo de los resquicios de la guerra civil de principios del siglo.
El gran debate, por lo contrario, se encuentra en la manera en que las generaciones más jóvenes están experimentando la participación política en su sociedad; en particular, los cuadros de más reciente formación en el partido. Y es que, por un lado, no deja de sorprender que en este punto de la historia de México, en el que la realidad se esfuerza por mostrar a cada individuo lo complejas que se están volviendo todas las dinámicas sociales que se desenvuelven en la cotidianidad, la figura del presidenciable siga siendo sinónimo, síntesis y personificación de todo cuanto ocurre en el tejido social, como si con conocer la personalidad de un candidato, sus logros académicos o el carisma de su pareja sentimental ya se supiera el desarrollo de la sociedad en su conjunto.
No es, por supuesto, que la persona al frente de los principales mecanismos de acción del Estado no importe en absoluto. Más bien, es el hecho de reducir al conjunto de lo social a la psicología del caudillo lo que se vuelve problemático —y más allá, claro, de lo que concierne al culto a la personalidad; refinado arte que el alineamiento priísta ha llevado permanentemente a sus grados más estables y puritanos. Cualquier argumento de esta naturaleza, de hecho, sólo termina evidenciando una profunda incapacidad para reconocer los múltiples conglomerados de intereses que se ponen en juego y las aún más vastas estructuras que operan en un número similar de escalas del entramado social.
Algo de ello se explica por la característica naturaleza del partidismo que exige de sus adeptos la permanente reafirmación de su sentido de pertenencia a través de la transferencia del más burdo de los patrioterismos al culto a la personalidad: el ascenso por la cadena alimenticia de las estructuras del instituto, en particular; y de la vida política nacional, en general; depende de ello y del alineamiento que se profese con el ungido.
Luego del anuncio de la renuncia de Meade a Hacienda, las primeras reacciones de los cuadros del priísmo no dejaron de resaltar todos aquellos aspectos que se consideran representativos de una persona que es exitosa en cada dimensión de su vida. Los títulos universitarios y los grados académicos —con una excesiva reiteración de aquellos obtenidos en universidades estadounidenses—, por ejemplo, son un común denominador en cada posicionamiento. Pero no sólo, pues como si el mostrar rasgos de humildad fuera en realidad una virtud que por sí misma amerita el ejercicio de la presidencia a quien la practique en su vida diaria, el resaltar la imagen de Meade como un ciudadano de a pie, de esos que usan el deficiente y saturado sistema de transporte público citadino, se vuelve una lugar común que apela a la identificación de la miseria propia de un ciudadano con la de alguien como servidor público no ha experimentados sus carencias.
Además, al margen de que las presunciones que resaltan la preparación académica desconocen, de facto, el número nada despreciable de legisladores y representantes populares que el partido tiene esparcidos en puestos municipales, estatales y federales sin que los titulares cuenten siquiera con una escolaridad mínima de bachillerato, el posicionamiento resulta un tanto problemático cuando lo que se coloca de fondo es el hecho de contar con funcionarios públicos que estén formados con la muy particular matriz educativa que se reproduce en Estados Unidos. Pero más aún, es problemático cuando se pretende hacer de esa formación un filtro objetivo del carácter de la persona, suponiendo que un PhD. De Yale o Harvard evitará que el mandatario cometa algún crimen ya en el cargo.
Así, la historia desaparece cuando el posicionamiento redunda sobre estas premisas: y de pronto se pierden de vista los múltiples actos de represión que en cada sexenio se han venido cometiendo de manera sistemática en contra de diversos sectores minoritarios de la población. Pero no sólo, pues aunque con pretensiones de no serlo, un marcado carácter clasista se muestra a sí mismo cuando el despotismo ilustrado no es suficiente para justificar la grandeza del doctorado en finanzas o en leyes. Y la cuestión es que en un contexto electoral en el que del otro lado del espectro se están articulando propuestas de ejercicio de lo político desde la experiencia de las comunidades indígenas, esa reafirmación de la escolarización del individuo sólo termina reproduciendo un muy profundo y añejo racismo en contra de los pueblos originarios de México.
Es así que, de todos los aspectos que está visibilizando la candidatura de Meade, al igual que como ocurrió con Donald Trump, algunos de los aspectos más problemáticos son aquellos que no se muestran en su persona, sino, por lo contrario, en las bases que lo apoyan desde el interior de las estructuras del partido. Y es que lo cierto es que Meade es apenas el reflejo de esos procesos de base que se están articulando de manera permanente y lejos de los reflectores.
El partido, a raíz del nombramiento de Enrique Peña Nieto como presidente de la república, ha estado apostando por la articulación de sectores jóvenes y femeninos para vender la idea de que en verdad se está diferenciando del viejo PRI —en menor medida formando cuadros propios que apelando a los hijos de mediana edad de sus viejas guardias. Sin embargo, lo que se está observando en las reacciones de éstos a la candidatura de Meade es que, a pesar de su juventud, la manera de hacer política en el priísmo no se está modificando ni un poco. La retórica, por supuesto, es otra y apela a otros valores y principios (extraídos de un lenguaje con tienes progresistas y New Age), pero el fin y los medios de ejercer esa acción política siguen siendo los mismos.
En especial, la búsqueda del poder por el puro poder es un rasgo que permanece incuestionado en ese ejercicio. En la candidatura de Meade el elemento que se parecía más palpable es, justo, el que sea realmente la mejor apuesta para vencer a sus contrincantes, y no el ejercicio del poder gubernamental como un medio para subordinar su actuar a los designios colectivos. No es azaroso, en este sentido, que el desprecio al populismo (como burdamente se le conoce a los gobiernos de izquierda en América Latina, sin que tal postura sea verdaderamente populista) obtenga como respuesta, al interior del propio priísmo, el apelar a las mayorías electorales —pese a que esa mayoría sea numéricamente una minoría.
Como regla general, pues, el principio de que la mejor opción del partido para ganar la elección es la mejor elección de la sociedad mexicana para gobernarse por los siguientes seis años (en el caso presidencial) se mantiene incuestionado. Y mientras no se coloquen en tela de juicio puntos de partida como ese, el funcionamiento del andamiaje, en su totalidad, permanece intacto

#EnRedes

Columnas de Ricardo Orozco en otros sitios. Enlaces en las imágenes

Derechos Reservados © lo Político y la Política | Ciudad de México