13/10/17

Esta semana, la revista francesa Charlie Hebdo —famosa a nivel internacional, por lo menos los últimos años, debido a los atentados en los que algunos de sus integrantes fueron despojados de su vida, y cuya autoría reivindicó el Estado Islámico, en 2015—, dedicó su edición a los catalanes que buscan su independencia formal de la estructura estatal española; afirmando que lo que este sector de la población se está jugando es la resolución de la tensión entre su propia estupidez y su propia muerte —con la primera aventajando a la segunda.
En redes, el elemento que tendió a causar más indignación, tanto en la agenda de un reducido número de medios cuanto en la opinión pública general, fue la portada del semanario, definida por una alegoría en la que la sociedad catalana es representada a través de la iconografía que típicamente se emplea para identificar a la criminalidad, en general; y al terrorismo, en particular; y que en esta ocasión no deja de aludir, por un lado, al largo y violento proceso de reconquista (y aquí el re- en la palabra encubre el acto colonial, la verdadera conquista) que los gérmenes de una Europa ya consolidada en su militancia católica emprendió en contra de moros y musulmanes, desde el siglo VII hasta el XV; y por el otro, que rememora a los corsos organizados alrededor del Fronte di Liberazione Naziunale Corsu, que desde 1976 buscó la independencia de la isla de Córcega, respecto de Francia.
El mensaje, en ambas codificaciones, es claro: la condena pública de todo acto que atente, o si quiera cuestione, la identidad europea construida desde el medioevo tardío, o cualquiera de las identidades nacionales edificadas dentro de ésta —mantenidas en su vigencia por los mismos estratos que ven en el nacionalismo moderno un catalizador de la conflictividad social interna hacia un enemigo extranjero.
Esta portada no es, sin embargo, el rasgo más problemático de la última edición del semanario: más allá de los dibujos de los pequeños sujetos encapuchados, con expresiones hostiles y portando armamento de alto calibre, frente a una mesa presidida por la cabeza de moro, la lámina en cuestión carece de simbolismo (o en su defecto, éste es relativamente acotado a esa primera impresión de anarquismo que ofrece) para todo aquel que carece de referentes históricos claros sobre los movimientos autonomistas europeos —y sus correspondientes resistencias nacionalistas.
Más bien, es la editorial la que representa un verdadero reto discursivo, y no porque ésta contenga en sí una particular dificultad que la haga parecer densa, incomprensible o profundamente filosófica frente a quienes leen sus letras; sino por causa de lo representativo que es su texto de una suerte de saber fáctico generalizado, es decir, de una especie de sentido común imperante en los amplios sectores conservadores del statu quo vigente y, sobre todo, de la unidad política-administrativa de la nacionalidad.
 En este sentido, tres son los argumentos generales que en Europa se esgrimen en contra de las pretensiones autonómicas, no sólo de Catalunya, sino de otras más, como Escocia, del Reino Unido; Flandes, de Bélgica; Nueva Caledonia y Córcega, de Francia; las Islas Feroe, de Dinamarca; o, Lombardía y Véneto, de Italia.
El primero de ellos tiene que ver con el temor a la balcanización de Europa. El semanario francés lo expresa de este modo: «If all the European regions with their own language, history and culture start claiming independence, the Old Continent will soon break up like pack ice under global warming. Given that there are 200 languages in Europe, why not create 200 new countries?».
Aquí, el argumento apunta a la preservación de la idea de Europa, por cuanto entidad geográfica, política, jurídica y administrativa; así como en términos de identidad geosocial; afirmando, sobre la marcha de la sentencia, que una lengua, una historia y una cultura comunes a una unidad comunitaria determinada son apenas elementos banales, de segundo orden de importancia, frente a rasgos identitarios compartidos mucho más profundos que, se infiere, se derivan de la matriz de valores que definen a eso que con tanta naturalidad se le denomina Occidente —con la igualdad, la libertad, la fraternidad, la democracia y la justicia por delante.
El riesgo de respetar las pretensiones independentistas de Catalunya, o de cualquiera de las otras regiones en situación similar, sería, en esta línea de ideas, el llegar al absurdo de contar con doscientos nuevos Estados-Nación en donde ahora sólo dominan cinco potencias capitalistas de firme y militante vocación colonial.
¿Por qué no tener doscientos nuevos Estados, se pregunta en tono satírico el editorialista de Charlie Hebdo? Y lo primero que viene a la mente al leer esas palabras es que antes de que Europa fuese realmente Europa (o la idea de lo que se conoce como Europa), el viejo continente estaba poblado por una vasta diversidad de colectividades a la que las monarquías, primero; y los Estados-nacionales, después; fueron aniquilando, en el peor de los casos; asimilando a sus estructuras, en el mejor; con el claro objetivo de fortalecerse y asegurar la marcha continuada del sistema de producción moderno capitalista que los beneficiaba en sus márgenes de acumulación de riqueza.
Eso lleva al segundo argumento general de la editorial de la revista, pero también del sentido común europeísta: la independencia sólo es legítima cuando se esgrime en contra de la tiranía y la opresión. Las páginas de Charlie Hebdo lo sentencian así: «Independence, but from what? Independence is legitimate when you want to break free of tyranny or oppression. […] Independence: a flamboyant word sometimes hiding less noble concerns».
Pasando por alto la brutal represión que el gobierno nacional español ejerció en contra de los catalanes el día primero de octubre, mientras éstos celebraban una consulta pública con carácter de referéndum; y dejando al margen de la discusión que, por un lado, Catalunya aporta a España el 20% de su Producto Interno Bruto; y por el otro, que grandes capitales —como los representados por la Open Society Fundation— han financiado de manera permanente el proyecto de contar con una Catalunya independiente de la corrupción y la burocracia española; el argumento de que los catalanes no se enfrentan a ningún poder antidemocrático, y de que, por lo tanto, sus pretensiones son puramente burguesas, basadas en el egoísta motivante de no compartir su riqueza con los lastres que les suponen las regiones más empobrecidas del país, es trágico no por poner sobre la mesa estos dos elementos, sino porque a pesar de que es un juicio que anula por completo las definiciones más abstractas, individualistas y utilitaristas de democracia y libertad con las que Occidente colonizó y recoloniza las periferias globales, es suscrito por igual desde la izquierda (institucionalizada) y desde la derecha.
Y es que, en efecto, aún desde las posiciones más recalcitrantes en favor de una Catalunya independiente, el conservadurismo satura y desborda todos los argumentos cuando retrae todo el problema a la afirmación de que el derecho a la libre autodeterminación de los pueblos siempre debe respetar la determinación que se le impone desde el corpus jurídico, legal o constitucional, propio de la entidad estatal de la cual pretende independizarse. Así, la independencia sólo es válida cuando la reconoce el Estado colonizador.
El problema es evidente, y da parte para asegurar que la humanidad aprendió poco (o nada) de los procesos de descolonización que se gestaron en las periferias globales desde hace doscientos años —y que en algunas latitudes aún se continúa peleando la misma batalla. Es como si después de declarada la última independencia apadrinada por algún Estado colonial o auspiciada por alguna organización del estilo de Naciones Unidas la autodeterminación de las comunidades humanas ya no fuese más un derecho válido, o siquiera una reivindicación legítima.
Occidente, en particular, aún no reconoce (pese a que quizá ya lo observa con naturalidad), que la democracia y la noción de libertad con la que navega por el mundo colonizando periferias, interviniendo países, declarando guerras, instalando dictaduras, etc., son, por igual, procesos profundamente opresores y fundamentalistas con aquellos imaginarios que no se asimilan a las definiciones y a las prácticas que fundan aquellas, sus propias (pero no las únicas ni las más válidas) versiones de libertad y de democracia.
Por ello surge el tercer argumento general en contra de los autonomismos: la negación absoluta de las diversas identidades que se fundan, sobre la marcha, en e terreno de lo político y lo comunitario. La editorial del semanario lo expresa así: «Why are the words "identity" and "culture" audible when they are uttered by the Left, but become repugnant when used by the Right or the extreme Right?».
Aquí, como es de suponerse, el problema es que la relativización de los procesos identitarios, anclándolos a posicionamientos de derecha y de izquierda por igual, invisibiliza el hecho de que no es el posicionamiento ideológico en algún lado del espectro político o confesional lo que legitima a un proceso como el catalán, sino la tensión existente entre dos (o más) núcleos identitarios que ya se reconocen como incompatibles. Y sobre todo, en donde una de esas identidades (la que se identifica con la estructura estatal que se niega a conceder la independencia de la otra), despliega frente a la otra un claro proyecto colonialista en el que en nombre de la unidad nacional (unidad en una sola versión de nación) anula lo particular de aquella que busca su autonomía.
Por eso es claro que ante cada reproche e indignación de los nacionalismos se debe mostrar que el problema no se reduce a un mero desplazamiento de un nacionalismo a otro, de un nacionalismo nacional a uno regional, local, sectario. Porque ante las posturas que descalifican el proceso catalán nominándolo como golpista, secesionista, separatista, o similares y derivados, es imperante observar que aún si el interés independentista tiene un marcado acento sobre la dimensión productiva de la región, es decir, en su riqueza o el tamaño de su mercado, etc., aún en ese supuesto, la autonomía responde al cese de la identificación de la comunidad con los intereses de la nación nodriza.
Puede que lo que estén buscando Escocia, Flandes, Nueva Caledonia, Córcega, las Islas Feroe, Lombardía y Véneto sea un mero capricho, pero ese capricho lo que está poniendo en juego es la identidad de dos o más comunidades. Y ante ello, la intransigencia de negar ese proceso, de demeritarlo en el ejercicio del más atroz de los despotismos ilustrados, lo que se pone en marcha es el juego del fundamentalismo, de la negación o la aniquilación de la otredad porque supone un peligro para lo propio, para uno mismo.
Y la cuestión es que el ser humano no es estático, así como tampoco lo son sus identidades. Ningún Estado-nacional que existe hoy existió como sí mismo hace mil años, y muy probablemente no lo harán dentro de otros mil. Pretender querer congelar el tiempo y el espacio en el momento presente, dando por hecho que las identidades (o las nacionalidades, si se prefiere) que hoy existen serán permanentes, inmutables, no sólo niega la historia misma de la humanidad —con sus múltiples comunidades humanas transitando de una identidad a otra—, también justifica que en la defensa de esa permanencia, de esa inmutabilidad, por un lado, se funden los extremos más avasalladores de la alienación poblacional (como el nacionalsocialismo); y por el otro, que se siga justificando, interiorizando y naturalizando la destrucción de las culturas originarias (indígenas, autóctonas o similares y derivados) en nombre de la modernización y el progreso humanos.

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