3/9/17

Fieles a una tradición presidencial por ellos mismos fundada, los apóstoles del Partido Revolucionario Institucional rescataron, del letargo al que el sexenio de Felipe Calderón lo indujo, el ritual de ofrecer pleitesía al presidente de la República —también Primer Caudillo de la Nación— en eso que al mismo tiempo pretende ser vendido al vulgo como el acto democrático más importante, en materia de rendición de cuentas, de una administración federal.
Por supuesto, como es tradición en una clase política acostumbrada al éxtasis que le ofrecen los discursos solemnes, llenos de ferviente patrioterismo, y las consagraciones personales a las formas y la corrección política —muy al estilo de cualquier baile cortesano ofrecido por María Antonieta y Luis XVI—, el discurso del Quinto Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto fue ofrecido a empresarios, burócratas y políticos, en Palacio Nacional; mientras que a la sociedad en general —la misma sociedad a la que se supone va dirigido verdaderamente el acto—, únicamente se le concedió el honor de presenciar un refinado acto televisivo.
Como en la Fiesta de las Balas, narrada por Martín Luis Guzmán en sus crónicas sobre la guerra civil mexicana, El Águila y la Serpiente, la fiesta de los aplausos, de las selfies, de los abrazos y los apretones de manos, siempre acompañados de ese falso decoro que las interpelaciones en tercera persona prometen, propios y ajenos, tanto al ancien cuanto al noveau régime, desfilaron frente a las palabras del titular del ejecutivo federal con la esperanza de que un gesto, por diminuto que fuese, les diera sólo un poco de certeza, en el peor de los casos, sobre la distancia que media entre su posición actual y la gracia o la cólera de su presidente.
Después de todo, más allá de las gráficas, los números brutos y los indicadores construidos a modo por las dependencias de la administración pública para legitimar su funcionamiento y sus resultados en los pasados cinco años, en general; y en el penúltimo del Gobierno actual, en particular; todo lo que queda, el fondo de verdad del discurso y del acto protocolario que lo publicita es una sucesión inagotable de declaraciones políticas, con destinatarios específicos, que revelan la agenda, en este caso, de lo que se espera que cada quien haga para refrendar su lealtad al statu quo, de cara al proceso electoral de 2018.
Así pues, en rigor, los números, las gráficas y los diversos indicadores presentados por el presidente, en las monumentales pantallas que lo flanqueaban por la derecha y por la izquierda, son lo único del Informe que va dirigido a esa masa amorfa y embrutecida que es el pueblo; y es que es en esos datos en donde se construye ese permanente relato institucional que le indica a cada individuo que la realidad que experimenta en su cotidianidad no es la verdadera realidad del país, pues lo que realmente cuenta y se quiere que siga contando, la verdadera realidad de México y sus habitantes es la que dicen que es el documento, en general; y el indicador específico, en particular —ambos construidos por una costosa burocracia a menudo más preocupada por sus privilegios laborales que por desmaquillar sus propias cuantificaciones.
El resto del acto, desde la posición en la que es colocado cada empresario, político y burócrata para aplaudir sin desdén a cada ataque velado en contra de los enemigos del Gobierno; hasta las alusiones personales del titular del ejecutivo sobre los logros de sus Secretarios de Estado, pasando por los saludos secos o los abrazos fraternales por él ofrecidos a los asistentes, y otras minucias como éstas, son de dominio privado, entre los círculos de intereses que se baten por controlar una mayor porción del entramado institucional público, o réditos más amplios y profundos en lo que respecta al sector empresarial.
En estricto, los logros que señaló el presidente en Palacio Nacional no pasaron de ser una suerte de versión, in extenso, de aquellos que se publicitaron, desde un mes antes, en los miles de promocionales con los que el Gobierno Federal inundó el espacio público y los medios de comunicación: como en una especie de experimento pavloviano de condicionamiento psicológico y preparación emocional en masa para lo que se avecinaba. Sin embargo, no es para nada intrascendental que el mensaje principal del Informe sea el señalamiento sobre elegir entre «seguir construyendo para hacer de México una de las potencias mundiales del siglo XXI o ceder a un modelo del pasado que ya ha fracasado».
De entrada el que el Presidente reconozca a México como una de las potencias mundiales del siglo XXI ya es un tanto problemático, pues si con ello se refería al tamaño de la economía mexicana habría que hacer, por lo menos, tres precisiones: a) el 1% de la población sigue acaparando el 43% de la riqueza total del país, con una tasa promedio de multiplicación de cinco veces, mientras el PIB per cápita crece a razón de menos del 1% anual; b) en el país, más del 53% de la población sigue subsistiendo en condiciones de pobreza; y c) el capital financiero sigue promediando, anualmente, un crecimiento de diez veces por encima de la riqueza física, material, de la economía nacional.
De tal suerte que, en el terreno de los dineros constantes y sonantes, la desigualdad se sigue polarizando, la concentración de capital en pocos individuos sigue incrementando, y la extracción de riqueza del país, por la vía de corporaciones internacionales (pertenecientes al sector bancario, en particular), se sigue profundizando. Así que, incluso si el presidente en realidad se estaba refiriendo a la potencia maquiladora que ya es México, lo único que se obtiene es el reconocimiento de una sociedad con condiciones laborales más precarias que el resto de sociedades manufactureras, con nula protección social y salarios insuficientes para cubrir una canasta básica alimentaria.
Y ya ni hablar de una posible potencia mundial armada: con un ejército que hace gala de su adiestramiento en lo que respecta a la militarización del país y el asesinato y desaparición de sus connacionales, aprovechando de contexto la guerra en contra del narcotráfico aún vigente —aunque velada de los medios de comunicación tradicionales.
 La segunda parte del mensaje central del Quinto Informe, la referencia a la disyuntiva —tan claramente visible para el Sr. presidente de la república— entre continuidad o retorno a un modelo conocido y caduco, más que preocupante es risible, porque, dependiendo de qué tan atrás se pretenda llevar la referencia, por lo menos en lo que respecta a todo el siglo XX, ese modelo conocido que ya ha fracasado es el modelo del partido hegemónico, con toda su maquinaria corporativista y clientelar que ganaba elecciones con candidatos únicos.
La cuestión es que el fondo de dicha afirmación, además de pretender borrar de un plumazo la historia del propio partido en el Gobierno, apunta, en el plano internacional, al rechazo que la administración en turno ejercita en contra de los movimientos progresistas (electorales y sociales) en América Latina; y en el nacional, a ese añejo discurso del Peligro para México que personifica, aún, López Obrador, encabezando al partido Movimiento de Regeneración Nacional.
Por supuesto la salida es fácil: apelando a lo incierto del futuro, y suponiendo que éste sólo es programable en la medida en que se tenga un plan de gobierno que plantee continuidad transexenal, todo lo sólido se desvanece en el aire. Por eso, para el presidente, la política —entendida como esa actividad profesional que desempeñan como relaciones sociales personales todos los invitados a presenciar el Informe— es la única salida al atolladero en el que se encuentra no únicamente el propio PRI, sino la totalidad del sistema de partidos y, quizá en un nivel menor, el resto de las instituciones del entramado gubernamental del Estado.
           Al final del día, el Informe no deja de ser un ritual que le recuerda a la ciudadanía lo densa que es la política y lo amplia que es la brecha entre quienes se dedican a ella y quienes deberían de obtener un bien común de ella. Y el caso es que con declaraciones del presidente, afirmando que sólo la política cuenta cuando se trata de conducir los engranajes del Estado, el espacio que queda para el ciudadano, con necesidades de primer orden como alimentación, salud, educación y vivienda se reduce a al absurdo e hipócrita reconocimiento de que cualquier imperativo que indique satisfacer dichas necesidades se encontrará, tanto hoy como en el futuro, subordinado a los humores de quienes asistieron al Quinto Informe, y no a la necesidad, en sí misma, de quienes sólo son televidentes.

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