En Octubre de 2016, apenas unos meses después de iniciar el nuevo gobierno nacional, el presidente filipino Rodrigo Duterte anunció, en el Foro Económico de Pekín, que se separaba de su alianza con Estados Unidos, tanto en el plano militar como en el terreno económico, para depender de la influencia regional china «para siempre». La noticia, por supuesto, alertó a las autoridades estadounidenses por las implicaciones geopolíticas del viraje: su papel como zona de contención —geográfica tanto como política— al expansionismo chino en el sudeste del pacífico asiático es clave para mantener la supremacía militar en la zona. Después de todo, a Filipinas y Estados Unidos los une la historia de la colonización del primero por el segundo, hasta 1944; y luego de ello, los Acuerdos Militares de 1947; los Acuerdos de Defensa Mutua, de 1951; y las múltiples adendas de mejoramiento que siguieron a estos.
Pensar en un distanciamiento entre ambos Estados, por consecuencia, se antojaba, si bien no imposible, por lo menos lo suficientemente problemático como para que el golpe de timón filipino no supusiera una tersa transición entre esferas de influencia. Y es que si bien ya en las dos últimas décadas del siglo XX un fuerte sentimiento antiestadounidense irrumpió con profusión en el imaginario colectivo nacional filipino, ni en aquel momento el riesgo de perder el punto de contención geopolítica que ofrece Filipinas a Occidente se presentó con tanta claridad y en un momento en el que la hegemonía estadounidense se ve profundamente cuestionada en una mayor cantidad de zonas alrededor del planeta.
Ahora bien, en rigor, todo cuanto es susceptible de ser calificado como bilateral o recíproco en la relación que mantienen Estados Unidos y Filipinas no es realmente mutuo. Ya sea que se trate de intercambios comerciales o —con mayor importancia aún— de transferencias en materia militar y de defensa, esa doble vía adquiere el carácter de unilateralidad: con Estados Unidos avasallando a Filipinas tanto en cuantía como en cualidad. Y es que, por un lado, el interés primario de Estados Unidos en Filipinas es el de mantener abierta la ruta comercial que cruza por el Mar del Sur de China, toda vez que por sus aguas se transportan cerca de cinco mil millones de dólares en mercancías. Y por el otro, con la alianza sino-rusa sustituyendo a la Unión Soviética en el siglo XXI, tener la capacidad de cerrar el flujo de hidrocarburos que alimentan a la industria china, y de contener a ambas marinas mar adentro, resulta vital en cualquier escenario de guerra Oriente/Occidente.
Por lo anterior, observadores endógenos y ajenos a la organización y control de la política exterior de Filipinas tienden a coincidir en la idea de que cualquier alejamiento de Estados Unidos, con su posterior aproximación a China, es sinónimo de suicidio, pues las autoridades chinas ya no verían ningún elemento disuasorio para devorar las disputas territoriales que mantiene con aquel. La cuestión es, no obstante, que las observaciones de este tipo no ponen en el centro del análisis que, sin importar la esfera de influencia sobre la cual se decante, Filipinas, en tanto frontera común del expansionismo occidental y oriental en el Sudeste asiático, siempre se encuentra en el borde de ser consumido por la relación de fuerzas externas que se disputan el control de su territorio.
De ahí que, contrario a la visión general que circula por los medios occidentales, la agresividad de Duterte hacia Estados Unidos no sea, como punto originario, el de algún tipo de populismo —entendiendo a éste como lo hace Occidente. Y es que reducir el posicionamiento del gobierno filipino a una fórmula del tipo que afirma que su asimilación a los valores occidentales es representativo de la interiorización de éstos, mientras que su asimilación a Oriente es sinónimo de populismo, autoritarismo, comunismo o similares y derivados; es equivalente a menospreciar los intereses nacionales que se juegan a ambos lados del pacífico.
Duterte, es cierto, es partidario de un régimen de exterminio al interior de su país. La guerra en contra del narcotráfico que desenvuelve desde su investidura presidencial es de una profusión de violencia como pocas se han observado alrededor del mundo. No obstante, no es en su presunta tiranía ni en los reclamos estadounidenses en defensa de los Derechos Humanos en donde se encuentra el empuje que llevó a Filipinas de un aliado a otro. Por lo contrario, el viraje de Duterte es consecuencia lógica de lo profundo que el aparato de inteligencia estadounidense se sumergió en la estructura gubernamental del país.
Barack Obama, en este sentido, concretó una serie de acuerdos, en 2014, con su par, Beningno Aquino III, que aseguraba a Estados Unidos un mayor control del aparato militar filipino por un plazo inicial de diez años, colocando a éste país como uno de los principales centros asiáticos de transferencias militares. Esto, con una China decidida a incrementar su potencial bélico en el próximo cuarto de siglo y una Rusia implementando la primera fase de una renovada expansión militar, coloca a Filipinas como uno de los tantos territorios que, por su posición geográfica, quedan atrapados en el medio de ambas potencias. Decidir su permanente adhesión a Estados Unidos o aliarse con China fue una cuestión de pura estrategia, de sobrevivencia nacional, más que reflejo de la mentalidad populista de su actual mandatario.
La medida de Obama no fue aislada, se compagina con una serie más amplia que incluye acuerdos de profundización en materia de seguridad con Japón y Singapur, Estados con los cuales Filipinas mantiene su primera y cuarta relación comercial. Sin embargo, ni de Japón ni de Singapur depende que China sea capaz de controlar la «primera cadena de islas» en el Pacífico occidental. Esa posibilidad sólo gravita en torno de quien controle el territorio filipino. Y es que, Estados Unidos, perdiendo su influencia en el archipiélago, pierde, también, una ventaja estratégica: Japón y Corea del Sur pueden constreñir los movimientos chinos a través de los estrechos Coreanos; Japón, con su despliegue de infraestructura antimisiles instalado en las islas Kyushu, Okinawa y Ryukyu, detendría cualquier agresión en el Mar del Este de China; Indonesia, hacer lo propio en lo relativo a los estrechos de Lombok, Sunda y Malaca; y Filipinas, junto con Taiwan, cerrar el paso del estrecho de Luzon; y con Indonesia, los de los mares de Sulu y Celebes. 
Se entiende, pues, que la menor de las preocupaciones para Filipinas sea su política interna cuando dos potencias militares ven al conjunto de islas que conforman al país como su principal escenario de confrontación en la zona. Por eso, asimismo, es muy poco probable que el viraje ideológico declarado por Duterte en Pekín sea realmente ideológico, y tenga que ver más con un movimiento pragmático —en un momento en el que la Presidencia de Obama se acercaba a su final profundamente cuestionada por la diplomacia China.
Por lo pronto, a mediados de abril, Duterte rectificó su postura y se lanzó de nuevo a su tradicional alineamiento con Estados Unidos; y ya pronto, en Mayo, se abrió la opción de que el presidente Donald Trump reciba a Duterte en Washington; suponiendo la posibilidad de llegar a un acuerdo lo suficientemente sólido como para inclinar aún más la postura filipina hacia Occidente. Y la cuestión es que esta última posibilidad no se observa distante, toda vez que la nueva administración estadounidense ha demostrado estar dispuesta a ser aún más agresiva y recurrir con mayor frecuencia al empleo de medios bélicos para responder a las amenazas a su seguridad.
Duterte, en su desplazamiento de regreso hacia la esfera de influencia estadounidense, quizá se esté observando en Siria, país que comparte la particularidad geopolítica de Filipinas, como frontera imperial, pero en Oriente Medio. Después de todo, Trump, actuando de manera muy similar a como lo hizo Obama en sus dos mandatos, ya dejó ver al Sudeste asiático, con pretexto de hacer frente a Corea del Norte, que el despliegue de dispositivos antibalísticos de gran escala y la intensificación de ejercicios militares, marcados por un incremento sustancial en el número de tropas permanentes; es tan sólo una primera llama de advertencia ante cualquier signo de oposición en la región.

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