No deja de ser un hecho trágico el que la reacción general ante la propuesta del presidente estadounidense de incrementar cincuenta y cuatro mil millones de dólares al gasto en defensa de su país sea el de la interminable tautología de los peligros que representa el relanzamiento de una nueva carrera armamentista; como haciendo que el mundo retorne a los años de la Guerra Fría. Ello, no porque toda empresa militar no suponga un riesgo, por lo menos, para algunas poblaciones que habitan el planeta, o porque no conlleve la posibilidad de extinguir la vida alrededor del orbe. Más bien, es trágico porque muestra, por un lado, el completo desconocimiento de la cerrara armamentista en curso; y por el otro, lo catastrófico de interiorizar la violencia armada y la amenaza nuclear permanentes como condiciones sine qua non de pacificación y estabilización social.
Y es que, en efecto, basta con mirar las primeras planas de la prensa mainstream —como The New York Times, El País, Le Fígaro, The Economist y The Financial Times— para advertir el tono catastrófico con el que la noticia del presupuesto militar estadounidense es tratada; reproduciendo la falsa concepción de que la era anterior a la presidencia de Donald Trump es la del paradigma pacifista, concertacionista y colaboracionista que caracterizaría a Estados Unidos; esto es, el tiempo de la diplomacia, los acuerdos institucionales y la cooperación internacional para el desarrollo como núcleo axiológico que rige la manera en que la mayor potencia militar del orbe se relaciona con el resto de los Estados-nacionales.
La cuestión es que cada señalamiento que se esgrime para acusar al presidente estadounidense de forzar una carrera armamentista que traería consigo de vuelta a las peores experiencias bélicas de la Guerra Fría se sustenta, de un lado, en la afinidad ética que el observador establece con los responsables de las políticas públicas; y por el otro, en el carácter relativo que la comparación del actual presupuesto con los de Barack Obama expresa. Así pues, no deja de llamar la atención que, pese a que el incremento presupuestario de Donald Trump no es, ni de lejos, el de mayor envergadura en todo lo que va del siglo XXI, sí es el que más se condena. Pero no porque en esta ocasión Trump esté introduciendo cambios cualitativos o cuantitativos monumentales en el aparato de seguridad de su país, sino porque el vínculo ético que los observadores establecen con peste es el del pleno rechazo a la personificación de todo lo que se supone no son los valores occidentales de igualdad, libertad, multiculturalidad, tolerancia y democracia.
El sesgo, siempre objetable, que se presencia en términos del armamento nuclear que amenaza la continuidad de cualquier forma de vida en la tierra lo ejemplifica. De los ciento noventa Estados parte del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, de 1970, cinco, pese a haberlo firmado y ratificado, poseen los inventarios más cuantiosos de armamento nuclear en todo el globo. Tres de ellos, por supuesto, son democracias occidentales (Estados Unidos, Francia y Reino Unido); y sólo dos forman parte del antagonismo histórico a todo lo que representa Occidente (Rusia y China). La cuestión de fondo aquí es que, para ese mismo Occidente, sólo los armamentos de Rusia y China —aunado a los de Corea del Norte, Irán y Sudán del Surson sinónimo de un estado de permanente inseguridad; la indisoluble amenaza que atenta con extinguir toda forma de vida civilizada que no congenie con el autoritarismo inmanente de sus regímenes políticos. Pero por cuanto a las cabezas nucleares de los otros tres miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas —adicionales a las de Israel—, la ecuación se invierte: la afinidad ética de los analistas y las poblaciones Occidentales observan en esas armas la garantía de la paz y la estabilidad globales.
Lo mismo ocurre, claro está, con el resto de los componentes que conforman los complejos científicos-militares de cada Estado. Los ejércitos de occidente son la garantía que preserva la continuidad de la democracia frente a sus enemigos ideológicos, las aplicaciones bélicas de agentes químicos en Estados Unidos e Israel son la póliza de prevención ante las armas biológicas de sus enemigos, y las guerras, siempre declaradas bajo la bandera de la libertar, la igualdad y la fraternidad entre los humanos y sus sociedades son las guerras del estándar moral que toda la humidad debe seguir; so pena de ser objeto de una campaña bélica en caso de negarse.
El problema con el razonamiento anterior es que ignora, niega e invizibiliza el hecho de que en la aplicación de la técnica bélica por parte de una sociedad sobre otras lleva, de suyo, la puesta en marcha del proceso de imposición de un proyecto civilizatorio construido sobre y alrededor de una única expresión subjetiva: la del vencedor. De aquí lo trágico y lo verdaderamente catastrófico que es el que la humanidad se encuentre inmersa en una lógica que concibe en la servidumbre la igualdad formal entre los individuos, en la desigualdad, la igualdad; en la guerra, la paz; en las elecciones dirigidas, la democracia; en las dictaduras latinoamericanas, democracias populares y; en la violencia de las armas, la tranquilidad de la seguridad individual.
De lo anterior se deriva, también, la falacia inscrita en el cortoplacismo de los análisis que comparan a los gobiernos de Obama con la gestión de Trump. Porque ignoran que ya durante su gestión, el entonces presidente Obama, con la venia del Congreso, gastó en seguridad y defensa más de lo que la administración Trump tiene contemplado erogar; o que el propio Barack Obama —premio Nobel de la Paz— ya contemplaba un incremento de treinta y cinco mil millones de dólares, en ambos rubros, para su último año fiscal. Por ello, incluso si el Congreso aprueba a Donald Trump un excedente de cincuenta y cuatro mil millones de dólares, en términos absolutos, dicho incremento únicamente representará alrededor de diecinueve mil millones de dólares más de lo que Obama gastó.
Y aún hay más. Incluso si la erogación propuesta por Trump se hace efectiva, ello no cambia en nada el hecho de que hoy, a diecisiete años de comenzado el siglo XXI, Estados Unidos sigue teniendo el mayor número de poseedores privados de armas. En este sentido, Estados Unidos, con únicamente el 4.43% de la población mundial ostenta el 43% del total de armas de circulación legal alrededor del mundo —la cifra ilegal es más difícil de establecer. Y lo cierto es que ello no sorprende: la industria armamentista le reditúa a la economía estadounidense más de seis mil millones de dólares anuales y alrededor de doscientos mil empleos directos en el país.
Quizá por todo lo anterior valga preguntar si la solicitud presupuestal del presidente Donald Trump es realmente un cambio cualitativo en la operación del aparato de inteligencia, de seguridad y de defensa estadounidense o si la atención que dicho acto recibe se debe más a la aparente negación, que su persona representa, de todo cuanto Occidente significa —y sí, aparente, porque en otras latitudes de Occidente las formas de Trump son replicadas bajo criterios políticamente más correctos.
Después de todo, con el 22% del Producto Interno Bruto global, Estados Unidos sigue siendo, el Estado con la mayor erogación en ámbitos de inteligencia, militares y de defensa: su gasto en estos rubros es de poco más de un tercio de las participaciones globales, muy por encima de los presupuestos de la Unión Europea, Rusia y China juntos, constituyendo otro tercio; y del tercio restante en el que se engloban al resto de los Estados. Por eso no sorprende que, contrario a lo que señala la sabiduría popular, sean las democracias occidentales —esas que más afirman defender la libertad, la paz, la igualdad y la fraternidad entre las naciones— las que concentren arriba del 68% del total mundial en gasto bélico —apenas doce puntos porcentuales por debajo del máximo erogado en 1995.
Estados Unidos no ha dejado de abultar su presupuesto bélico en todo lo que va del siglo XXI. Desde los atentados del 11 de Septiembre, el gobierno federal ha mantenido el promedio de seiscientos mil millones de dólares dedicado a ese rubro. Y un punto interesante aquí es que, por un lado, arriba del 60% de ese gasto se va a la renovación constante de equipo como tanques, aeronaves, vehículos terrestres y marítimos etc.; y por el otro, que un porcentaje similar sea el que concentra la Armada, por encima del ejército de tierra y aéreo.
El dato del gasto en equipo es interesante porque pone en perspectiva lo importante que es la industria militar, en un proceso de constante e interminable renovación, para mantener activos grandes flujos de capitales —que Estados Unidos sea el primer exportador de armamento no es fortuito. Pero el segundo dato es aún más interesante porque permite visualizar la manera en que ha crecido la potencia marítima estadounidense en un mundo en el que, de acuerdo con las directrices castrenses de sus colegios de guerra, la principal condición para mantener la existencia de Estados Unidos es asegurar los flujos económicos y financieros de todo el mundo. Así pues, si la prioridad manifiesta de la administración Trump es potenciar la actividad comercial de su país, el correlato oculto de esa narrativa es la exigencia de asegurar militarmente los puntos de extracción de materias primas, de maquilación de manufacturas y de mercados de importación.

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