6/2/17

III
Para sorpresa de muchos, y por intrascendente que parezca, la materialización de las propuestas de campaña del hoy presidente de Estados Unidos, Donald Trump, avanza de manera implacable, con absoluta fidelidad y estricto apego programático al orden del discurso que desde su postulación delineó aquel. Esto, más allá de mostrar el carácter, es decir, la racionalidad gubernamental de la nueva administración pública estadounidense, expone en toda su amplitud la amenaza que representa para sí misma una sociedad global ensimismada en su caprichosa interiorización de un discurso civilizatorio transhistórico al que la humanidad ni le ve alternativas ni desea construírselas.
Tres, por tanto, son las continuidades coloniales que hoy los cuerpos sociales que habitan la modernidad capitalista se muestran a sí mismos; sin ser siquiera capaces de reconocerlas y plantarse frente a ellas en un sentido autocrítico, pero que evidencian el grado de sujeción al que se encuentran sometidos y que, asimismo, posibilitan la permanente destrucción de cualquier potencial cambio cualitativo en la construcción de sus configuraciones comunitarias. La primera de estas continuidades corresponde a la ruptura del proceso mediante el cual el sujeto social universaliza su existencia al mismo tiempo que particulariza la universalidad de esa realidad existencial; la segunda, con la incapacidad de reconocer la diferencia que media entre el proyecto de civilización vigente y su expresión histórica actual; y la tercera, con la voluntariosa necesidad de reproducir el orden civilizacional en curso, por encima de las politicidades alternativas a él.
El primero de estos fenómenos encuentra una de sus mayores expresiones en la producción y el consumo cotidianos de un debate público que no se cansa de repetir que tanto los actos de Donald Trump como el presidente mismo son eventos de ruptura en la tendencia inercial, en el curso normal, natural e irrenunciable del progreso de la humanidad. Las más comunes de estas corrientes, por supuesto, saturan las posturas que auguran que con la administración de Trump se da la muerte simultánea de tres relaciones sociales que, aunque diferentes en sus cualidades, la opinión pública se empecina en designar de manera intercambiable; a saber, las muertes de la globalización, del libre mercado (categoría políticamente correcta para nombrar al capitalismo), y del neoliberalismo.
Aquí, lo fundamental para la opinión pública especializada es la construcción de un sentido común que indique a cada individuo que, pese a que la realidad material muestre exactamente lo contrario a lo que el discurso del mandatario enuncia, el simple atrevimiento de señalar cualquiera de las fallas que la libertad de mercado contiene en su funcionamiento es un acto de herejía en contra del destino inevitable de la humanidad.  Por ello, lo que se encuentra en el fondo es un profunda súplica en torno al mantenimiento de los esquemas de cognición vigentes, pese a que éstos, tanto en su fundamento como en sus objetivos se encuentran determinados por la universalización de las particularidades sociales.
Este hecho, por supuesto, no es nuevo. Ya desde el periodo de auge del nacionalsocialismo europeo quedaba de manifiesto que expresiones de exterminio de la humanidad como esa, lejos de ser una desviación, una perturbación o un fenómeno antagónico a la ética y a la razón ilustrada de Occidente, no son más que su consecuencia última; siempre latente en el núcleo ideológico del proyecto de civilización que desde sus centros geopolíticos del conocimiento se exporta a todos los rincones del orbe. Lo novedoso es la escala y el nivel de interiorización de una específica actividad interpretativa que niega toda posibilidad de oposición al status quo.
Durante el periodo de la guerra fría, por ejemplo, era fácil observar esta unidimensionalidad del Ser humano cuando el lenguaje de la cotidianidad alcanzó, e incluso rebasó, al que George Orwell formuló en sus distopías. Por ello, en la posguerra de la segunda mitad del siglo XX, el sentido común era aceptar que la guerra era la paz, que la amenaza nuclear era la garantía para mantener la vida en el mundo, que la opulencia es la escasez o que la libertad es el control conductual del individuo por medio de su actividad productiva/consuntiva. La conciencia feliz, esto es, la convicción de que la realidad es tal por su racionalidad y que por lo tanto es la única realidad en la cual el individuo es capaz de desenvolverse en su máxima amplitud es, hoy, más que durante la guerra fría, la conciencia colectiva del conformismo, la inmediatez y la banalidad de la existencia social.
En este sentido, cada que un comentócrata de los altos y refinados asuntos de la política y la diplomacia vocifera que Donald Trump es una extraña excepción a la regla de los valores estadounidenses, una anomalía del sistema que no debió llegar a la silla presidencial del Estado con mayor potencial financiero y armamentístico o, en el mejor de los casos, un ignorante de las formas y los simbolismos de la actividad política; lo que se encuentra de fondo es el clamor, la imperiosa necesidad de mantener velado un orden social que, mediante la exaltación de una fingida multiculturalidad, es decir, del individualismo exacerbado, en el que cada individuo debe sentirse obligado a aceptar su posición en el espacio social, anula toda resistencia a la pretensión supremacista de autorreferenciación cultural eurocentrista.
De aquí que el peligro del discurso excepcionalista, racial y clasista de Donald Trump no sea, precisamente, el hacer visible, el enunciar todo aquello que hoy resulta políticamente incorrecto. Por lo contrario, la amenaza de su discurrir se halla en el hecho de que sean los propios cuerpos sociales del globo los que perfilen el mantenimiento de su unidimensionalidad como condición sine qua non de su existencia. Barack Obama —quien hoy es considerado la negación de todo lo que representa Trump—, declaró, en más de una ocasión, creer en el excepcionalismo americano con todas y cada una de las fuerzas de su ser, durante su presidencia lanzó más de veintiséis mil bombas, incursionó en golpes de Estado por todo el Magreb, balcanizó Oriente próximo, expandió los alcances de la OTAN, llevó sus Operaciones Especiales a 138 países, intensificó la militarización del Sudeste asiático, profundizo la criminalización de la libre circulación de la información, y abultó los márgenes de operación del capital financiero.
Y sin embargo, nada en estas acciones fue percibido por la opinión pública mundial como una amenaza a la vida de miles de personas, o a la continuidad de la propia humanidad. Porque incluso más allá del pretendido discurso progresista del hoy expresidente, cada una de sus acciones se ejecutó a tono con el cauce natural del progreso de la modernidad capitalista. Quizá por ello no sea aventurado afirmar que nadie más, como Obama, contribuyó a la aniquilación de las resistencias sociales. Porque en el orden de su discurso y de su actuar hay un contenido que saturó la cotidianidad de sus mandatos de una falsa superación de las múltiples confrontaciones ideológicas, de la heterogeneidad de universos de vida válidos para distintas configuraciones sociales; en suma, una ficticia despolitización del contenido comunitario.
Por supuesto esto no quiere decir que se deba ser condescendiente o se deban validar los actos de la nueva presidencia estadounidense. Por lo contrario, lo que aquí se encuentra en juego es la posibilidad real de dotar de nuevos contenidos esos espacios que hoy se encuentran vaciados. Pero también de mantener la vigencia de un sinnúmero de reivindicaciones populares que durante tanto tiempo sólo han encontrado, en el espacio público, el reformismo, más que el cambio cualitativo. Y es que si bien politización no implica la promoción de fundamentalismos, excepcionalismos o supremacismos raciales, religiosos, clasistas o nacionales, sí requiere que se abandone esa conciencia feliz que cree observar en la realidad paz, estabilidad y orden.
Consecuencia nefasta de la modernidad capitalista es que las comunidades humanas abandonen —o sean privadas— de su capacidad de dotar de forma y contenido a su sociabilidad. La sustitución que el mercado hace de los contenidos reales de la politicidad humana lejos de llevar al individuo a un estado de superioridad ontológica, material o espiritual lo aniquila. De ahí que el riesgo que enfrenta la humanidad con Donald Trump sea doble: por un lado, el de su propio actuar, que se perfila a ser una réplica (pero a mayor escala y por medio de mecanismos más abiertos) de lo que el mundo vivió durante los años de Reagan y Tatcher; con una mayor penetración de la valorización del valor en los procesos de sociabilidad comunitaria; y por el otro, el de la actitud de la sociedad global, esa que hoy implora que la vigencia de la civilización actual se mantenga, a pesar de que ello implique el abandono de la multidimensionalidad de su existir.
La segunda continuidad colonial corresponde a la manera en que en el debate público se designa, indiscriminadamente, a la globalización, al capitalismo y al neoliberalismo como si fueran categorías de análisis o procesos sociales intercambiables. Aquí, el vaciamiento de los conceptos es total, justo como en el lenguaje orweliano. Pero más que ello, la manera en la que se concibe a estos tres procesos, históricamente determinados, es indicativa del grado de interiorización del discurso hegemónico en la colectividad. Y es que la cuestión en este punto es que el cuestionamiento directo ya no se agota sólo en el clamor por la pervivencia del libre mercado; sino que transita de manera circular por escalas superiores hasta llegar a la globalización —gestada poco más de medio siglo atrás, cuando en Oriente y Occidente, a través de la conquista de América, se cobró conciencia de la totalidad geosocial que es el globo terráqueo.
Por eso hay cierto grado de ingenuidad inscrito en las ideas que afirman la muerte de la globalización sólo porque el presidente amenazó a un par de empresas automotrices. Porque la realidad es que ese retroceso ontológico que implica la deconstrucción de la globalización ni es voluntarioso ni corre, de forma exclusiva, por la dimensión productivo/consuntiva de la vida en sociedad. Los procesos de transculturización entre diferentes cuerpos sociales son tan amplios y potentes que su aniquilamiento requeriría el aniquilamiento previo de las instituciones por medio de las cuales se mantiene estable la reproducción social general vigente.
¿Y qué decir del neoliberalismo? El mundo ha leído el posicionamiento del empresario-presidente en un sentido en que le atribuyen algo (no se sabe qué) diferente a lo que se ha defendido hasta ahora, por lo menos, desde los años ochenta del siglo XX. No obstante, nada hay más alejado de la realidad, ya sea porque se interpreten o porque se tomen en la literalidad sus palabras y acciones. Y es que Trump no está negando los tratados de libre comercio, ni la apertura de mercados, ni las libertades comerciales. Por lo contrario, rechaza los tratados de libre comercio que ya no sirven a los niveles de acumulación de capital a los que está acostumbrado el estadounidense, rechaza los mercados que se cierran a las exportaciones (de bienes, servicios y capitales) de Estados Unidos y, las libertades de mercado que ya no sirven a los propósitos comerciales de la economía que gobierna.
De ahí que el America First sea precisamente eso, colocar a Estados Unidos por encima de cualquier otro interés. Y la manera en que en fechas recientes se abalanzó sobre los, de por sí, laxos controles construidos alrededor del capital financiero —luego de la burbuja especulativa de 2008— no puede ser indicio más claro —más, aún, que su propio gabinete mimetizado con la junta de gobierno de Goldman Sachs. El neoliberalismo es un proceso de larga duración que se encuentra, apenas, en las etapas más tempranas de su estructuración. Y justo porque no se comprende esto en el debate público es que las colectividades no hacen más que observar su desmoronamiento en donde únicamente se da su reificación, a la manera del there´s no alternative.
Finalmente, la tercera continuidad del pensamiento colonial moderno es la síntesis de las dos anteriores. Cuando el mundo observa en Trump el desmoronamiento del American way of life no está mirando eso, la decadencia del modus vivendi estadounidense, sino su propia extinción. Lo abrumador y lo trascendente de este punto es, por consecuencia, la incapacidad de posicionarse desde un espacio-tiempo autocrítico ante la propia subjetividad, toda vez que lo único que la sociedad observa sobre sí es el reflejo de un modo de Ser particular, que corresponde al del burgués blanco, anglosajón y protestante. Trump, por supuesto, no es expresión de decadencia o desmoronamiento alguno. Como lo fue el nacionalsocialismo europeo a principios del siglo XX para su tiempo, el excepcionalismo estadounidense de hoy es para el tiempo actual la versión de mayor cristalización de la ética y la razón instrumental ilustrada, despojada de sus correcciones políticas y su solemnidad cortesana.
Una tendencia cíclica en la Historia de la humanidad es que ésta tiende a reaccionar ante periodos coyunturales de dos formas generales: acumulando la progresión de los eventos para sólo dotar de un nuevo volumen cuantitativo a su realidad material o, poner en juego la vigencia y la validez de sus formas comunitarias para deconstruirlas y edificar sobre sus ruinas nuevas expresiones cualitativas. Trump se encuentra dentro de la primera tendencia, en la que la respuesta es el mantenimiento de la sujeción del sujeto a través de nuevos canales. Y a juzgar por la reacción del mundo ante su presidencia, la humanidad se inclina más a seguir los pasos de aquel en su tendencia, lejos de utilizar el impulso coyuntural para cuestionar el proyecto de civilización que actualmente sostiene.

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