Este año comenzó con el gran capital reafirmando su posición de continuar la profundización de los procesos de militarización del espacio social como mecanismo de preservación del hermetismo cultural de Occidente. El Financial Times, uno de los principales portavoces del complejo industrial-militar-financiero, a través de la pluma de Erik Prince le hizo saber al mundo que Occidente ya no está dispuesto a seguir soportando la agresión cultural de la que se siente objeto por causa de las recientes olas migratorias.
El detalle podría parecer banal —o por lo menos nada fuera de la habitual política editorial del rotativo—, de no ser por la trascendencia de quien fungió, a través de sus líneas, como caja de resonancia de los intereses que el capital global tiene invertidos en lo que ya es una afrenta abierta no sólo en contra de los migrantes y refugiados de África y Oriente Medio, sino en contra de la dimensión cultural total y concreta que representa cada uno de esos individuos: Erik Prince.
En efecto, el Financial no se distingue por ser un medio crítico al orden social establecido; su  leitmotiv en este mundo se corresponde más con el imperativo de ser el principal órgano de difusión y adoctrinamiento ideológico del proyecto de civilización (re)producido desde el seno la Mont Pérelin Society que con cualquier otra caracterización. Y por ello, posiciones favorables a la absoluta privatización de los procesos sociales, a la perpetuación de la acumulación y concentración de capital y a la aniquilación de proyectos sociales resistentes al avance de la modernidad capitalista no le son ajenas.
En torno a las olas migratorias que tienen como destino Europa occidental, no ha hesitado, por un lado, en promover la aplicación de esquemas restrictivos, articulados por la iniciativa privada y construidos sobre lógicas militares para combatir todo internamiento de individuos provenientes de la periferia africana y asiática; y por el otro, en cuestionar de manera frontal las pretensiones de la clase política europea de hacer valer, en cualquiera de sus versiones, la idea romántica de un multiculturalismo étnico y racial.
Lo trascendente de la columna es, por tanto, que sea el fundador de BlackWater —empresa insignia en la proveeduría de servicios paramilitares, contrainsurgentes y mercenarios a gobiernos occidentales—, quien esté desarrollando la hoja de ruta que Europa debería seguir para solucionar de manera definitiva su crisis migratoria. Y es trascendente porque su pronunciamiento se produce justo cuando la presidencia de Donald Trump está por comenzar y, sobre todo, cuando una tendencia al fortalecimiento de la derecha nacionalista se está produciendo a lo largo y ancho del viejo continente.
Prince no sólo es un prominente miembro del Partido Republicano estadounidense y un evangélico converso al catolicismo del Opus Dei. Prince es también un prominente empresario que forjó su fortuna vendiendo armamento de alta tecnología a los servicios de espionaje estadounidenses y (re)produciendo conflictos sociales por toda África; de manera particular en las sociedades musulmanas. No es azaroso que su particular manera de ejercitar el imperialismo estadounidense se fundara en el contexto de la guerra global en contra del terrorismo. Tanto por convicción religiosa como por afinidad monetarista, los servicios de mercenaje de Prince inscribieron, lo mismo con Bush  que con Obama, la cruzada declarada de eliminar de la faz de la tierra la fe musulmana.
Desde Irak hasta Ucrania, los servicios de BlackWater se caracterizan por dejar tras de sí la misma estela: asesinatos en masa, ejecuciones extrajudiciales, tortura, secuestros, etcétera. Y África no es la excepción. Sin embargo, en años recientes su modus operandi aparece por medio de mecanismos más refinados de los que utilizó en el pasado. Desde la disolución de BlackWater y su refundación con otra razón social (Xe), Prince se cobijó bajo el manto del corporativo chino Frontier Services Gruop para articular, a través de contratos militares, a diferentes juntas militares africanas. Por décadas, las actividades de Prince han construido una compleja red de cadenas de suministro del espectro completo armamentista.
El armamento con el que Prince y otras redes de suministro proveen a juntas militares africanas es parte del detonante que lleva a millones de individuos a deslazarse de sus espacios tradicionales de convivencia. Pero es también el mismo armamento con el que desde 2013 Prince ha formulado sus políticas de contención de los emigrados que atraviesan el Mediterráneo desde Libia. De acuerdo con la propuesta de contención de la amenaza africana, Prince identifica que la principal causa por la cual no se ha podido detener el flujo de personas es que ni los gobiernos europeos han tenido la fortaleza como para tomar medidas definitivas en el tema ni los mandatarios norafricanos cuentan con la capacidad técnica y de personal para cerrar el cerco antes de que los emigrados lleguen al Mar.
En ese sentido, tanto en 2013 como en su editorial del Financial de este enero, Prince introduce el imperativo de contar con mayores capacidades militares, a lo largo del espectro completo, para poder hacer frente a las redes de tráfico de personas y a los migrantes que se desplazan por voluntad propia. De cara a las medidas que los gobiernos europeos han tomado para control los flujos migratorios africanos, las propuestas de Prince parecen no añadir nada nuevo a la formula. Actualmente, las fronteras exteriores de la Unión —las que no pertenecen al espacio Schenguen— ya cuentan con mecanismos de militarización que se valúan en más de treinta y nueve millones de euros mensuales.
En efecto, hoy, los guetos del holocausto han sido (re)producidos, bajo formas y esquemas con un grado mayor de corrección política y aceptación ética por parte de los cuerpos sociales europeos; no para proceder con su exterminio físico —a la manera del nacionalismo alemán de mediados del siglo XX—, sino con el objetivo de fragmentar la concreción cultural de los refugiados en su tránsito por los canales de subsunción de su subjetividad en la cultura occidental.
Cobijados por las retóricas del humanismo y el multiculturalismo como expresiones propias de los valores que definen a Occidente, Europa promueve la aceptación de los Campos de Refugiados como punto de transito previo a la integración de los sujetos acogidos a los circuitos productivos/consuntivos. Y el imperativo sublimado en esa específica sucesión de eventos es el de asegurar que, sin importar la cantidad de migrantes que se acepten en el país de destino, éstos no pongan en juego esa supuesta constitución cultural originaria, de núcleo substancial, prístino y auténtico de la civilización europea.
Y es que en Europa lo que no ha dejado de ser el discurso dominante —únicamente evidenciado, profundizado y potenciado tanto en su motivación como en su visibilidad por la crisis de refugiados— es que si bien se asume como (id)entidad geosocial defensora de la integración cultural, como proceso de renovación permanente de la propia identidad, esa defensoría se circunscribe sólo dentro de los márgenes de las variaciones identitarias que se asumen herederas, continuaciones o asimilaciones de un núcleo culturar único, común a un momento racial originario y fundador de sus cualidades culturales.
  De ahí que Prince apunte a la necesidad de usar la fuerza letal argumentando que Europa se está quedando sin tiempo para hacer frente a la dilución de sus valores en los rasgos barbáricos, incivilizados de los migrantes provenientes de África y Oriente. Porque para él, tanto como para la generalidad de los cuerpos sociales europeos, el verdadero peligro, la verdadera crisis migratoria no se encuentra en la falta o no de capacidades logísticas, financieras y gubernamentales para acoger a los individuos. Lo que realmente define a la crisis como tal es la posibilidad de que ese núcleo cultural de carácter racial se vea influido, en su evanescencia, por los rasgos propios de los migrantes.
Así pues, si bien en esta concepción la (re)producción de los guetos a lo largo y ancho de Europa es un mecanismo eficaz para des-substancializar y (re)funcionaliza a la multiplicidad y heterogeneidad de expresiones subjetivas inmigradas —por medio de su asimilación del ethos moderno capitalista—, dicha opción siempre conlleva el riesgo de que lo propiamente europeo se pierda a sí mismo. Por ello, argumenta Prince, es necesario fortalecer el hermetismo europeo ante la barbarie oriental.
La privatización de la militarización territorial europea, en este sentido, se presenta como la cristalización más acabada de ese imperativo transgresor. No es fortuitito, por ello, que sea el gran capital global, a través de sus órganos de adoctrinamiento ideológico, quien dé pasos más firmes en esa dirección. Porque si bien el hermetismo racial de Occidente es una constante que se observa con mayor claridad, en sus expresiones más bizarras en niveles microfísicos de la dinámica social, éste llega se presenta en todo su avasallamiento cuando se coloca en el centro de su violencia a la valorización del valor.  

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