30/1/17

De manera tardía, justo cuando la fatalidad de la presidencia de Donald Trump ya se presentaba inaplazable para el gobierno mexicano, éste decidió que la mejor manera de hacer frente al discurso racial de aquel era fomentar un movimiento de Unidad Nacional que, apelando al rescate, fortalecimiento y promoción de lo mejor de la cultura mexicana, de las ancestrales raíces mesoamericanas que dan fundamento a la cosmovisión de la sociedad que gobierna y, del consumo mercantil de lo hecho en México permitiera, entre otras cosas, mantener los niveles de crecimiento económico y construir un frente común de defensa ante el rechazo del American Way of life.
Por supuesto, al recurrir a estas estrategias, el gobierno invisibiliza todos esos años en los que el desprecio por la unidad de las Naciones que confluyen en el territorio era la moneda de uso corriente en su trato con ellas. Y pretende que la sociedad, además, olvide cada momento en el que las reivindicaciones populares fueron rechazadas justo por medio de un discurso que las catalogó como un peligro para la estabilidad social, una amenaza al interés supremo de la nación y a su derecho inalienable de ejercer la gobernabilidad del país. Niega, en consecuencia, una larga historia —en permanente retorno— de ojos ciegos y oídos sordos a las necesidades más básicas de sus gobernados; en los cuales prefirió ver algo menos que la fuerza laboral encargada de (re)producir la acumulación de capital de una clase acotada.
El interés nacional —y su unidad— no es nuevo en la historia contemporánea de México. Desde los años veinte, en el momento en el que el partido hegemónico se arrogó el derecho de estructurar el sistema político mexicano (cuyo control la guerra civil de comienzos del siglo XX sólo desplazó de manos de unos aristócratas a otros), el interés superior del Estado-nacional fue discurrido en torno a la necesidad de reprimir movimientos campesinos, obreros, estudiantiles, religiosos, feministas, etc.; toda vez que atentaban con diluir la identidad de la sociedad. Años más tarde, y hasta el momento presente, ese mismo discurso permitió implantar una doctrina permanente de explotación, sujeción y desposesión material de los individuos y las colectividades.
En este sentido, tanto el hecho fundacional como el leitmotiv de la unidad nacional —y de su interés— es la explícita negación de la heterogeneidad de identidades culturales que se conglomeran dentro de los márgenes territoriales del aparato estatal, la eliminación de las resistencias y la sujeción de las expresiones contestatarias al curso de su gobernabilidad; que no es otro que el mantener estable una estructura social polarizada, que permita la trasferencia de los excedentes materiales producidos, es decir, la concentración y la acumulación de capital.
De ahí que recurrir, en este momento, al argumento de una Nación unida ante la adversidad resulte hipócrita. Porque inclusive, más allá de negar esta historia y de suponer que en México sólo existe una Nación (la que se identifica con la raison d'etat vigente), pretende vender la idea de que en esta ocasión su instrumentación será canalizada hacia el enemigo exterior, en lugar de atentar en contra del cuerpo social interno. Pero además, porque presupone que si todos los mexicanos se unen con el objetivo de blindar al país ante el racismo estadounidense, de inmediato todas las contradicciones, los problemas institucionales y los conflictos sociales que aquejan en lo interno serán superadas, sólo por el actuar voluntarioso de un fervor patriótico.
Y la cuestión es que el discurso gubernamental no está sólo en su empresa nacionalista. La cara patética de la moneda es que la masa social se sumó sin chistar a la iniciativa. Y lo hizo sin siquiera poner en tela de juicio los mecanismos mediante los cuales el gobierno pretende hacer frente al rechazo estadounidense. Basta con observar que es esa masa, la misma que debe su posición de clase a una razón gubernamental ensimismada en su objetivo de mimetizarse con el American way of life, la primera en defender, de un lado, la autoidentificación comunitaria a través de una foto de la bandera mexicana en sus redes virtuales; y del otro, la sustitución de la burguesía extranjera por la nacional en la actividad productivo/consuntiva.
La primera de estas acciones, no sobra señalarlo, peca de mediocridad en el momento en que da por hecho que la praxis social, es decir, la intervención directa en la (re)configuración de la concritud comunitaria, debe ser sustituida por una armonía simbólica que exalte el carácter prístino de las raíces culturales —esas que, hoy personificadas por las Naciones indígenas, no trascienden de ser el vestigio presente de un pasado bárbaro y premoderno ya superado; raíces a las que el ciudadano de la modernidad, en el momento mismo de vanagloriarse de su pasado, les exige su adaptación a las formas social-organizativas de la Gran Civilización.
La segunda lo hace por su enajenación, toda vez que recurre a un instrumental que en nada difiere de aquel que pretende negar. Y es que, en efecto, consumir lo hecho en México, fortalecer al empresariado mexicano (porque por supuesto no se está promoviendo el consumo de la producción artesanal, sino la manufactura estandarizada), lejos de cambiar la correlación de fuerzas internas o de resolver cualquiera de los canales que amplían y profundizan la explotación laboral, en particular, y la sujeción social, en general; exige de los individuos una sumisión total, al margen y a pesar del colonialismo interno mexicano, porque el enemigo exterior se supone más agresivo, nocivo y amenazador que cualquier deficiencia institucional.
Así pues, hoy, en México, el empresariado juega a ser burguesía nacional, responsable con sus consumidores y sensible a sus necesidades, pese a que por años se ha dedicado a extraer y acumular el excedente de riqueza producido de la mano del capital estadounidense, al amparo del TLCAN. El gobierno federal juega a que diversifica sus relaciones diplomáticas y comerciales con el mundo —e imagina que puede ser el Estados Unidos latinoamericano de Sudamérica y el Gran Caribe. La clase política se vanagloria en sus discursos pomposos, revestidos de formas cortesanas, correcciones políticas y solemnidad, para acusar al imperialismo yanqui ante la sociedad de la que ella misma vive, parasitariamente. Los medios de comunicación se regodean en su capacidad de adoctrinamiento social para fomentar una imagen homogénea de patrioterismo, recurriendo a cada argumento falaz del que es capaz de valerse. La academia se elogia a sí misma en sus coloquios, seminarios y conferencias en donde pretende ser crítica al status quo que por décadas ha defendido mediante su siempre más importante necesidad de reproducir el conocimiento universal y ganar su aceptación en la geopolítica del Saber. Y las clases medias, que hasta ahora sólo viven para (re)producir la estética de la blanquitud estadounidense, para mimetizarse con el consumismo estadounidense y replicar en suelo mexicano el American way of… suplican porque no muera el liberalismo, porque el liberalismo es todo lo que conocen, pese a no saber nada de él.
Hoy, en México, la salida se perfila a calcar el discurso de Donald Trump para hacer frente a éste. Y la sociedad, en lugar de aceptar su responsabilidad en la construcción de lo político —más allá de la política formal—, en vez de asumir su capacidad de modificar su propia configuración comunitaria, sus relaciones productivas/consuntivas y sus canales culturales señala implacable al enemigo externo; lo condena al tiempo que exculpa, que se postra condescendiente con sus propia explotación, con su colonialismo interno. Y lo hace, indolente, ante una historia que no cesa de repetirse, porque cree que lo único que cabe realizar es un conjunto de reformas legales y un par de ajustes consuntivos que sean más o menos justos con los sectores medios.
De ahí que la ofensa que causa el muro fronterizo no sea apriorística, por la pretensión estadounidense de que los mexicanos lo paguen (o lo construyan), porque atente en contra del derecho de movilidad, porque suponga una afectación irreversible a los ecosistemas de la zona o porque no sea un gesto amistoso. El muro es ofensivo sólo porque le recuerda a quienes quieren conseguir el estilo de vida estadounidense, a quienes desean con fervor pertenecer a la Gran Civilización, al primer mundo —y dejar atrás el mundo bárbaro, incivilizado, pobre y en vías de desarrollo— que ellos simplemente no son parte de esa blanquitud, por mucho que intenten mimetizarse con ella. Así, el muro es el símbolo que lo mismo niega a esos sujetos el American Dream, que les recuerda esa esencia irrenunciable de su Ser que los hace ajenos al modernismo anglosajón.
¿Qué decir de una sociedad cuyo mayor trauma existencial resultó ser el que se le privara de acceder al Edén, ese mismo Edén que para aceptar a cualquiera exige la adopción de una particular forma de interpretar la realidad, un irrepetible modo de Ser en el mundo? ¿Qué decir de esa misma sociedad cuando es ella la que, al verse negada de su Edén, se obliga a sí misma a aceptar los resabios que fue capaz de mimetizar, bajo el argumento de la unidad nacional?

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