Después de que la Subcomandancia del EZLN y el Congreso Nacional Indígena (CNI) dieron a conocer que en los próximos comicios presidenciales presentarían una propuesta de candidatura independiente (personificada en la elección de una mujer indígena), dos son las corrientes discursivas que se han apoderado del debate público. Por un lado, los sectores en los que el imaginario colectivo nacional reconoce a sus estratos sociales progresistas, no han cesado de argüir que las pretensiones de los pueblos indígenas mexicanos no son más que la absurda intensión de éstos de invadir los espacios de toma de decisiones que por derecho le corresponden a las clases ilustradas de la sociedad. Por el otro, las autodenominadas oposiciones al conservadurismo decimonónico y de derecha, han vociferado hasta el cansancio que la legítima pero impertinente propuesta indígena es, o una traición a su propia existencia como sujeto social, o un movimiento esgrimido en un pésimo momento político y el la peor de las direcciones ideológicas.
Por parte de los primeros —aquellos que aquí se reconocen abiertamente como el stablishment del despotismo ilustrado nacional— no escatiman recursos, financieros o materiales, ni esfuerzos humanos en hacer comprender a la ciudadanía que una candidatura indígena a la presidencia de la todo poderosa estructura estatal en la cual se cimienta la república mexicana sería, en el mejor de los casos, una desafortunada victoria de la pobre escolaridad y las aún peores concepciones de ciudadanía de la población; en el peor, un desastroso retorno a formas barbáricas de gobierno; caracterizadas por el atraso civilizatorio y la ignorancia de la manera en que los altos y refinados asuntos del acontecer diario de la modernidad funcionan.
Del lado de los segundos —o lo que en este espacio no alcanza, ni por equivocación, la designación de izquierda, oposición, alternativa o similares— la posición es clara, y aunque han pretendido enunciarla en términos dialécticos a los cuestionamientos de los primeros, no son más que la reproducción fiel del discurso de éstos pero con un lenguaje políticamente correcto, condescendiente y revestido de frases progre y new age. Aquí, toda la trascendencia del asunto se reduce a mero cálculo electoral: la candidatura del CNI es una jugada que aunque es bienvenida en términos de las banderas ideológicas que la oposición partidista se arroga, llega en un momento en el que lo único que podría conseguir es profundizar la fragmentación de la ya bastante rota alternativa de izquierda electorera;  terminando por hacerle el juego al GobFed en sus aspiraciones continuistas para el 2018.
En apariencia opuestas, ambas posiciones brillan por lo patético de sus aspiraciones cortoplacistas en la administración de la res publica. Pero aún más allá de ese claro patetismo electorero, ambas se caracterizan por expresar, a pesar y al margen de las diferencias terminológicas y los matices enunciativos que hoy por hoy el vulgo acepta como rasgos definitorios y contrapuestos de las ideologías de derecha e izquierda, respectivamente; por ser un nítido reflejo del carácter colonial del grueso de los habitantes que conforman a la sociedad mexicana. Y es que en efecto, en el fondo —en realidad, no tan lejos de la superficie—, desde el aparato gubernamental hasta el aún más burocrático, narcisista y corrupto complejo académico, los argumentos tanto de derecha como de izquierda se funden en una misma posición que, para no ir más lejos, se singulariza por la concatenación de tres posiciones epistemológicas —ontológicas, inclusive. A saber, las posiciones de raza, sexo y clase. En ese orden.
 La selección de una candidata del sexo femenino y de extracción social indígena por parte del CNI y de la Subcomandancia del EZLN no es azarosa ni una arbitrariedad. De concretarse la propuesta, la personificación de esa alternativa contendrá en su Ser tres aspectos que retratan el funcionamiento estructural de nuestra sociedad. En primer lugar, será indígena, lo que ya la posiciona, dentro de la jerarquía racial con la cual la modernidad capitalista gusta de medir el nivel de progreso civilizacional de un cuerpo social, en el estrato más bajo de la cadena alimenticia. En segundo, será mujer, lo que abona, en un país dominado por la continua profundización de los procesos de mutua exclusión de género (singulares del modus vivendi occidental), a colocarla en una posición de aún mayor inferioridad frente a sus pares masculinos. Y en tercero, pertenecerá al decil más bajo dentro de la escala de clases; lo que por sí mismo ya hace de la candidatura del CNI-EZLN la peor de las combinaciones posibles para contender por cualquier cosa en este país o lo que la comandanta zapatista Esther identificó, en su discurso en el pleno del Senado, en 2001, como la triple condena a la que es sometida la mujer india: por india, por mujer y por pobre.
¿Por qué conjugar todos esos elementos en la persona de una candidata a contender en el que es, en términos de la alta política, el proceso más valorado por las configuraciones sociales de Occidente? La respuesta, por supuesto, no se encuentra en la ingenuidad o el desconocimiento de los procesos sociales o los rasgos estructurales bajo los cuales funciona la sociedad mexicana. Por lo contrario, la propuesta, por donde se la observe, lleva impresa la marca de las cientos de luchas, años y experiencias de resistencia con los cuales se construye la memoria histórica de las más de sesenta Naciones indígenas que viven dentro de los límites del Estado mexicano.
El CNI-EZLN, a diferencia de personajes como Jorge Castañeda, no está estableciendo una conversación con la clase empresarial nacional y extranjera; y tampoco, por oposición a otros como Andrés Manuel López Obrador, con los miembros de las clases medias. No hace faltar ser un erudito en la historia de las Naciones originarias de México o en la del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional para saber que ni su concepción del mundo pasa por el control de aparato estatal ni se agota en la reproducción de los esquemas epistemológicos y ontológicos de la organización social occidental.
Muy a pesar del desprecio que le muestran ininterrumpidamente eminentes ideólogos de la izquierda mexicana realmente existente (como se proclaman Armando Bartra, Jonh Ackerman y el propio López Obrador), la candidatura del EZLN-CNI no es ni el engendro del salinismo que hoy sale a entorpecer la previsible victoria de la izquierda clasemediera ni el huevo de la serpiente que viene a mostrar su verdadera cascara: la de un movimiento hipócrita que hoy traiciona la regeneración nacional cuando más golpeado está el oficialismo burgués. Más bien, lo que las Naciones del CNI parecen tener en mente —al margen del impacto que pudiere redituar como estrategia de supervivencia— es la necesidad de establecer un diálogo abierto con una sociedad que cada día olvida más y más que a su lado existen sujetos y procesos sociales indígenas con propuestas de organización social totalmente válidas para la continuación de su mera existencia.
En este sentido, el diálogo que se abre dicha propuesta es, por un lado, el de la visibilización del avasallamiento bajo el cual se encuentran las Naciones indígenas por causa de la marcha imparable de la modernidad capitalista sobre sus sociedades; y por el otro, el de la confrontación crítica del blanco, mestizo, clasemediero con los rasgos propios de su identidad. Es decir, el diálogo de la confrontación crítica de la sociedad mexicana consigo misma: con las contradicciones que la tienen sumergida en un baño de sangre, en la hambruna, en catástrofes ambientales, en desempleo y escases de las condiciones mínimas de supervivencia como individuos y como sociedad; en el colapso energético, en la enfermedad, en la desesperación, la angustia, el terror y el desamparo. De ahí que su propuesta para un puesto de elección popular no sea nada más ni nada menos que la antítesis de todo cuanto el hombre y la mujer modernos consideran es el arquetipo del sujeto que debería conducir la política dentro de lo político.
Las Naciones indígenas de México no son ingenuas. Saben, porque lo experimentan de manera permanente en carne propia, que la posición del ciudadano de la modernidad frente a sus sociedades es la de un turista que se vanagloria de sus pueblos indígenas sólo en la medida en que son el vestigio presente —junto con el patrimonio arqueológico de las civilizaciones precolombinas— de un pasado bárbaro y premoderno ya superado. Y sabe, también, que es la posición de ese mismo turista que en el momento mismo de vanagloriarse de ese pasado les exige, les impone la forma social-organizativa de la modernidad. Por ello la candidatura del CNI dice mucho sobre el ciudadano de la modernidad, pero no le dice nada a él.
Deplorable es, pues, que el debate sobre las alternativas a raíz de la propuesta del CNI-EZLN no haya pasado aún —salvo en casos excepcionales, como en el de Pablo González Casanova— de la inmediatez, mediocridad y patetismo del puso y simple beneficio practico-electoral. Hay un reto enorme que se tiene por delante y que la candidata de las Naciones indígenas de México, a pesar de aún no encontrarse personificada, le está señalando a esta sociedad: la necesidad de reconocer su propia enajenación, su propia incapacidad de pensar formas alternativas de construcción y (re)producción de lo político. 

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